Día 2: Osettai

Se podría decir que empecé el segundo día con mal pie, ¡pero no pasa nada! En el silencio de la mañana le fui cogiendo cariño al sonido del bastón contra el suelo, seguido por el tintineo de la campana.

A pesar del cansancio, me desperté cada dos por tres. Quizás fueron los nervios… o la siesta, así que desde entonces intenté evitarla. Recogí mis cosas y al prepararme me di cuenta de que había perdido mi pomada hidratante de los pies para evitar ampollas. Se podría decir que empecé con mal pie el segundo día.

¡Pero no pasa nada! Mochila a la espalda y en camino. A los 5 minutos, localicé un pequeño descampado en el que hacer unos estiramientos, para poner el cuerpo a punto. En el silencio de la mañana le fui cogiendo cariño al sonido del bastón contra el suelo, seguido por el tintineo de la campana. Además, como comencé a andar sobre las 7 de la mañana, todavía pude disfrutar del frescor de las primeras horas del día.

Hacia la izquierda, Templo 5; hacia la derecha, Templo 6.

En fila a clase por la mañana.

Fresquito a primera hora.

Pasadas las 8 llegué al Templo 6 (Anraku-ji) con un poco de miedo. Este templo es uno de los pocos shukubo actualmente disponibles dentro del Shikoku Henro y, probablemente, uno de los más populares tanto por su accesibilidad como por su localización al principio de la peregrinación. ¿Me recibiría tan pronto el bullicio de hordas de peregrinos? Mi temor casi se confirmó al ver un autobús dentro del propio templo… pero, por suerte, eran peregrinos que ya se estaban marchando. Probablemente se habían hospedado en el templo y se dirigían ya a su siguiente parada. Conocía la existencia de este tipo de tours, que facilitan la peregrinación a aquellas personas que por razones de salud o tiempo no pueden hacer la peregrinación andando. Eso sí, me sorprendió ver que era un tour dirigido a extranjeros (en concreto, parecía un grupo proveniente de Australia).

Realicé los ritos tranquilamente y, tras leer sobre el templo en el libro de Dunskus, me di cuenta de que la puerta principal, de estilo chino, también hace las funciones de campanario. Subí y, al estar en el horario permitido, toqué la campana. 

Entrada principal y campanario en la planta superior.

Pequeño jardín interior.

Osamefuda, ahora sí, escrito entero en japonés.

De camino al siguiente templo, encontré un santuario con un largo pasillo de madera y entré a curiosear un poco. Tenía menos tablillas ema que los templos que visité el día anterior, pero no me pareció en desuso. Al contrario, había unos trapos colgados en un lateral, como si alguien hubiera limpiado recientemente. ¿Se encargarían de su mantenimiento voluntarios del pueblo?

Tablillas desgastadas decoran el pasillo al santuario.

El Templo 7 (Juraku-ji) está a menos de media hora. La puerta principal es muy similar a la del templo anterior, pero por dentro nada que ver: frente a la sencillez del campanario del Templo 6, me encontré un altar repleto de estímulos (auditivos y visuales). Al bajar me esperaban dos sorpresas más… 

Altar en la parte superior de la puerta principal del Templo 7.

Tras hacer los ritos fui a la oficina para recibir los sellos. Una obaasan (anciana) estaba recibiendo los suyos y pude echar un ojo a su libreta… que era casi totalmente roja. Y es que, cuando repites la peregrinación, en cada templo te vuelven a sellar otra vez la misma hoja. ¿Cuántas veces habría recorrido el Shikoku Henro esa mujer para tener tal cantidad de sellos?  La señora me dio los buenos días y siguió despacio su camino. Tras recibir mis sellos hice lo mismo, aunque en el Sanmon me interceptó otro ohenro, un ojiisan (anciano) que conversó un poco conmigo en japonés hasta que le dije que era de España… y empezó a hablar en español. Se llamaba Yamada y no había estado nunca en España, pero le gustaba aprender idiomas por su cuenta.

Peregrinos realizando los ritos en el Hondo.

Ohenro y su vela encendida en el Daishido.

La distancia al próximo templo se incrementa un poco más y la salida del sol me indicó que era el momento de ponerme el sugegasa. Encontré la puerta principal del Templo 8 (Kumadani-ji), aunque dudé si estaba siguiendo el camino correcto, ya que no había ningún edificio junto a esta. El libro y la app me ayudaron: había que seguir 350 metros más, dejar un estanque a la derecha y llegar hasta el aparcamiento del templo, donde está la oficina de sellos. Para visitar los salones, continué otros 200 metros cuesta arriba. Este último trayecto me impactó, al atravesar un pequeño cementerio sonando cánticos budistas de fondo (me di cuenta después de que provenían de la megafonía del templo). 

Puerta principal, alejada del resto de edificios del templo.

Camino a través del cementerio.

Salones del Templo 8.

Desayuné en el aparcamiento un café (los primeros días probé varias marcas hasta encontrar EL café) y unas galletas. Llegó Yamada-san y hablamos un rato tras recibir mis sellos. Al escucharme, un hombre de mediana edad me felicitó por mi japonés… aunque debo hacer un inciso sobre esto. Cuando os digan 日本語が上手ですね (¡qué bien se te da el japonés!), hay que tener en cuenta que suele decirse siempre que se escucha a un extranjero decir dos palabras seguidas en japonés. Con todo, recibí con humildad el halago del otro ohenro. Se llamaba Weng-san, de Taiwán, y estaba haciendo esta primera parte del Shikoku Henro con un amigo, que parecía tener menos control del japonés y del inglés.

Me despedí de ellos y aumenté un poco el ritmo, ya que tras tanto sociabilizar necesitaba un poco de tiempo en silencio. Descendí la colina y dejé atrás momentáneamente las casas. Un camino alternativo se adentró por el campo, con las montañas al fondo. Y mientras me maravillaba el verde de las plantaciones, me preocupaba sobre la etapa siguiente: un camino de montaña con una elevación de 1.200 metros… y pronosticaban lluvias…

¿Comienza a despejar?

El Templo 9 (Horin-ji) me devolvió al presente. Recuerdo una sensación de paz difícil de explicar. Me relajé, hice los ritos sin prisa y fui a por los sellos. La mujer encargada me sonrió al escuchar que quería hacer toda la peregrinación andando y me regaló un pequeño ohenro de origami. Al salir de la oficina, un gato descansaba en el poyete del jardín… no sé, tranquilidad. 

Un par de peregrinos cuidan la puerta del templo.

Mi libreta con su nuevo origami.

Con tranquilidad.

El cielo pareció despejarse de nuevo. En vez de sacar el móvil para comprobar el pronóstico de lluvias del día siguiente, disfruté del camino. Casas tradicionales enmarcadas por el azul del cielo (con nubes, sí, pero azul) y las plantaciones verdes. Pero verdes, verdes, ¿eh? Creo que es el color que más asocio a la prefectura de Tokushima… Finalmente, el camino desembocó en una callejuela, rodeada de comercios que parecían haber sido de gran ayuda para los peregrinos hace años, pero estando ahora la mayoría cerrados.

Cielo azul en proceso.

Ohenro mira a ohenro.

El Templo 10 (Kirihata-ji) se encuentra dentro de un pequeño bosque. De estos dos primeros días, quizás fue el templo que más me transmitió la idea de conexión con la naturaleza. Tras pasar la puerta principal y un sendero rodeado de árboles, llegué al primer edificio. Parecía una oficina del templo en desuso, junto a varias estatuas. Dejé ahí mi mochila y subí un largo tramo de escaleras, hasta una explanada donde se encuentran los salones principales. Hice los ritos y, como no había nadie en la oficina de sellos, subí un poco más, a un pequeño mirador cercano.

Escaleras en el Templo 10.

Desde el salón principal.

Subiendo un poco más hasta el pequeño mirador.

Regresé sudando, ya que el sol había apretado mucho las últimas horas. Por suerte, había una máquina expendedora y me regalé un té verde fresquito. Al rato volví a la oficina de sellos, donde ya estaba la encargada. Era una mujer mayor, que dibujaba la caligrafía en las libretas con mucha delicadeza. Contento con mi último sello del día, descendí la escalinata y volví al primer edificio, donde me esperaba mi mochila. Había leído que era una práctica común que los peregrinos dejasen su mochila en distintas partes de los templos sin que pasara nada, pero hasta que no lo ves, no lo crees…

Peregrinos en la oficina de sellos.

Añadiendo los sellos rojos tras dibujar la caligrafía.

Todavía tenía que andar hora y media hasta mi alojamiento. Este tramo se hizo un poco duro, se notaba el cansancio acumulado. Empecé a buscar un sitio para comer, pero el más cercano era otro restaurante especializado en udon, justo lo que había cenado el día anterior… Escribí la búsqueda en japonés y vi una tienda de bentos (comida preparada para llevar), así que modifiqué mi ruta. Al llegar, solo con ver el edificio, ya tuve dudas, pues parecía una casa y no una tienda. Como no tenía nada que perder, llamé a la puerta de un edificio anexo, donde colgaba un cartel de "abierto". Dentro había varios trabajadores, cocineros, que parecían estar descansando. Pregunté en japonés si disponían de bentos que pudiera comprar y me dijeron que no. ¿Quizás era una empresa de catering? Me disculpé y retomé mi camino… cuando me llamó uno de los cocineros y me dijo que esperase. 

Salió del anexo y me dio una bolsa con un bento y dos botellas de té. Le di las gracias y le pregunté por el precio, a lo que me respondió que no tenía que pagar, era un osettai. Un osettai es un regalo de los lugareños a los ohenro, en forma de comida, transporte o alojamiento, como muestra de respeto y gratitud por su viaje espiritual. Me emocioné un poco, ya que no estaba seguro si este tipo de actos seguía estando presente en la peregrinación. Como sabía que un osettai siempre debe ser aceptado sin dar dinero a cambio, me incliné varias veces en señal de respeto. Se puede entregar un osamefuda, pero no había escrito mi nombre en ninguno más, así que le di un puñado de mis caramelos de España, provocando la sonrisa del cocinero.

Mucha pinta de restaurante no tenía, no...

Cargando con más peso, pero contento, anduve los últimos kilómetros, bordeando el río Yoshino y cruzándolo por el puente central de Awa con un viento en contra considerable. Para hacer tiempo hasta la llegada del dueño del alojamiento, di una vuelta por un combini y compré algo de sushi y unos mochis helados, guardando el bento para la cena. Comí tranquilamente en un aparcamiento, resguardado de la sombra. Cuando llegó el dueño del hostel, me invitó a entrar y me mostró mi habitación. El alojamiento, Channel Kan, era bastante nuevo, con la posibilidad de dormir en habitación compartida para abaratar costes.

Río Yoshino desde el puente.

Habitación privada en Channel Kan.

Me di una ducha y me quedé como nuevo. Durante la tarde repasé algo de japonés, para seguir con el proceso de desoxidación y hablé un poco con el dueño, quien me hizo el favor de llamar a mi alojamiento de dos días después para confirmar mi reserva (la hice yo en japonés y no estaba del todo convencido). Y, por si fuera poco, el propietario del primer alojamiento se acercó en coche para darme la crema de los pies que me había dejado allí… solo tuve que pagarle un poco por la gasolina y yo feliz por recuperar esa pomada.  

Osamefudas y libro de agradecimientos del hostel.

Por la noche, cené mi bento en compañía de Bruno-san, hablando sobre viajes y espiritualidad, y a la cama. Para el siguiente día seguían pronosticando chubascos… pero poco más podía hacer, solo intentar descansar.


¡Hasta la próxima!

また!


INFORMACIÓN 

  • Fecha: 18 de octubre de 2024.
  • Etapa: Itano (KM 14) - Yoshinogawa (KM 35)
  • Distancia: 26,62km. 
  • Templos: T6-T10.
  • Alojamiento: Channel Kan (reserva a través de su página web).

Comentarios

  1. Hasta yo me he emocionado al leer el momento del Osettai🥹🥹
    Es algo único que pudiste vivir en Shikoku!!!

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    1. Recuerdo que leí sobre ello en el libro de Luiggi y lo veía como algo lejano, quizás más propio de la peregrinación hace 10/15 años, pero que ya se habría perdido... pero por suerte no, fueron bastantes las personas, especialmente gente mayor, que siguen pendientes de los ohenros y les intentan ayudar en todo lo que pueden... es algo que cada vez que me pasaba me seguía sorprendiendo 😊

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