Día 4: Kasoka

Llenar las calles con estas figuras es una forma de lidiar con la tristeza de ver su pueblo vaciarse y, al mismo tiempo, una llamada de atención sobre el desafío demográfico al que se enfrenta Japón.

Durante la noche dormí a ratos, confundiendo el ruido del riachuelo detrás de la casa con el de la lluvia. Me levanté a las 5:40 y me asomé a la ventana para confirmar mi error. Desayuné con Yoko-san y el matrimonio ruidoso de la habitación de al lado, que volvió a pedirme disculpas (el marido me preguntó cómo decir "lo siento" en español). Recogí mis cosas y, antes de marchar de Sudachi-an me hice una foto con Weng-san y su compañero, quienes iban a tomar el autobús hacia el siguiente templo. 

Con Weng-san y su silencioso amigo.

Saliendo de Sudachi-an.

A los pocos minutos, estiré y me puse la camiseta térmica, ya que la temperatura parecía haber caído respecto a los días anteriores. Aunque la ruta era menos exigente que la subida al Templo 12, pronto tuve que enfrentarme a un henro korogashi de un kilómetro. El camino se fue estrechando hasta alcanzar el paso de Tamaka-Toge, a unos 450 metros de altitud.

A partir de ahí comenzó un descenso suave, principalmente por asfalto, aunque rodeado de árboles. En un tramo, salí del bosque y pude disfrutar de las vistas del valle y de los pueblos a los pies de la montaña. 

El valle bajo las nubes.

Una caseta de descanso para ohenros.

Continué bajando por la carretera, sin cruzarme con ningún coche, hasta llegar al pueblo de Agawa. Me sorprendió el silencio que reinaba por sus calles a pesar de estar aparentemente concurridas: un policía dirigiendo el tráfico, un par de ancianos sentados en un banco, abuelos paseando con sus nietos, familias pescando o de camping… pero claro, poco ruido iban a hacer al tratarse de kakashi (espantapájaros). 

Dirigiendo el tráfico...

...descansando con un ohenro...

...de paseo con la nieta...

No encontré mucha información sobre Agawa, pero creo que forma parte de un proyecto similar al iniciado en Nagoro, otro pueblo de Tokushima. Como ocurre en España, muchas zonas de Japón están amenazadas por el kasoka (despoblación rural), un problema para el que el gobierno japonés aún no ha encontrado solución, tanto por el éxodo hacia las grandes ciudades como por la baja natalidad del país. En Nagoro, un pueblo con apenas una veintena de habitantes, Tsukimi Ayano lleva más de 15 años fabricando este tipo de muñecos (unos 300 en total). Para ella, llenar las calles con estas figuras es una forma de lidiar con la tristeza de ver su pueblo vaciarse y, al mismo tiempo, una llamada de atención sobre el desafío demográfico al que se enfrenta Japón.

...saludando a los vecinos...

...mirándo antes de cruzar...

...y de pesca con la familia.

Descansé en un banco rodeado de estos muñecos y me compré un café en una máquina expendedora. Por un momento, pareció que el sol iba a asomarse… pero no, las nubes me acompañaron prácticamente todo el día. Abandoné Agawa, crucé varios puentes y llegué a la carretera prefectural 20. En cuanto pude, me desvíe por caminos secundarios, sumando distancia, pero evitando el ruido de los coches.

Cruzando el río Akui.

Anduve varios kilómetros, cruzándome ocasionalmente con algún coche y manteniendo el río Akui a mi derecha. Hice una breve parada para descansar los hombros y, mientras me sentaba con los pies colgando, pasó una garza frente a mí. Aunque en algunos puntos del camino encontré casas, muchas parecían abandonadas. Al otro lado del río, en cambio, se notaba algo más de vida. Consultando Maps encontré una pequeña pastelería, así que crucé un puente y caminé un kilómetro extra para comprar unos dulces (de anko y matcha) y otro cafecito. 

Pequeño descanso ante los campos verdes.

Dulce botín al otro lado del río.

El camino pareció darse cuenta de que había priorizado los dulces frente a la tranquilidad, porque poco después, además del tráfico, apareció una furgoneta de propaganda electoral con el megáfono a todo volumen. En otra ocasión tanto ruido me habría molestado, pero desde la furgoneta me desearon suerte en la peregrinación y me arrancaron una sonrisa.

El resto del trayecto lo hice por caminos secundarios. Pasé junto a un camping donde varios grupos de japoneses ya estaban preparando barbacoas y crucé el último puente del día. Este desembocó en el único combini de la zona, donde compré la comida: sándwich de huevo y una pieza de pollo frito, una combinación ganadora.

Por caminos secundarios.

Pequeño santuario en un desvío.

A solo diez minutos estaba el Templo 13 (Dainichi-ji). En el kilómetro de distancia desde el combini me crucé con bastantes ohenros ancianos que regresaban a sus autobuses. Me detuve en la puerta del templo y, al verlo abarrotado, opté por visitar primero su santuario, ubicado al otro lado de la carretera. En muchos templos de la peregrinación se entremezclan los símbolos budistas y sintoístas, pero en el Templo 13 están claramente separados por la carretera. A pesar de que el santuario Ichinomiya es el principal de la prefectura, pude pasear entre sus edificios sin cruzarme con nadie más.

Carretera hacia el Templo 13.

Santuario Ichinomiya.

En el Templo 13 quedaba un grupo de peregrinos, cuyos cánticos me acompañaron mientras realizaba los ritos. Tras conseguir el sello, busqué mi alojamiento, a escasos dos minutos a pie del templo, una sabia decisión por la que me felicité a mí mismo.

Daishido con varios grupos de pereginos... se notaba que era domingo.

Hondo del Templo 13.

Entré en Hana Myouzai, un alojamiento de tres plantas con aspecto un poco desgastado, y pregunté en voz alta por el dueño, pero no recibí respuesta. Los colores del salón, la música de la radio… me transportaron a un Japón de hace cuarenta años. Tomé prestadas unas sandalias y me senté tranquilamente en la entrada. Entonces llegó Bruno-san, que se había alojado ahí desde la noche anterior. Me contó que, en vez de regresar a la zona del Templo 12, había ido directamente hasta el Bekkaku 2, el templo que quería visitar ese día.

Hana Myouzai, mi alojamiento de esa noche.

Comedor del alojamiento.

Cuando llegó el dueño, me enseñó mi habitación. Estaba agotado y me permitió incluir la cena en mi plan de alojamiento… pero es mejor avisar con antelación, ya que en algunos lugares, si se solicita el mismo día, pueden no tener margen de maniobra. El resto de la tarde descansé, me metí en el ofuro y di un breve paseo en yukata por las calles del pueblo.

Mi habitación en el segundo piso... utilicé el ascensor todas las veces.

Sándwich de huevo con pollo frito, un manjar.

Al caer la tarde, regresé al templo y al santuario para visitarlos sin el bullicio de antes y llamé a mi pareja para compartirlo con ella. En especial, el santuario, con sus salones y estatuas bañados por una tenue luz, desprendía una sensación de misticismo. 

Salón del santuario Ichinomiya.

Después me acerqué al hotel de Yoko-san para despedirme, pues el día siguiente debía regresar a Seattle. Intercambiamos pequeños regalos: un puñado de mis caramelos a cambio de un amuleto del Templo 12 para proteger los pies del ohenro, un recuerdo que até a mi mochila y me acompañó el resto de la peregrinación.

Despedida de Yoko-san.

En el alojamiento con Bruno-san.

Cena de diez preparada por el propietario de Hana Myouzai.

Por último, volví a mi alojamiento, donde me esperaba una cena sorprendentemente buena y abundante. Me senté con Bruno-san, revisamos las etapas venideras y posibles alojamientos, e intercambiamos experiencias con el dueño y con los dos peregrinos japoneses que cenaban con nosotros. 


¡Hasta la próxima!

また!


INFORMACIÓN 

  • Fecha: 20 de octubre de 2024.
  • Etapa: Kamiyama (KM 54) - Tokushima (KM 72).
  • Distancia: 24,9km. 
  • Templos: T13.
  • Alojamiento: Hana Myouzai (reserva por teléfono, aunque ahora creo que se puede a través de Rakuten).

Comentarios

  1. Respuestas
    1. Y casi me la pierdo... menos mal que el dueño me hizo el favor porque estaba todo buenísimo.

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