Día 5: Tokushima

A diferencia de lo que me pasó tras recorrer el Kumano Kodo, llegar a una ciudad no me supuso una molestia: disfruté de escuchar el japonés de la gente más joven, el sonido de los semáforos, el paso de los trenes…

Me levanté a las 6:20, recogí mis cosas y abandoné la habitación. Me crucé con el dueño del alojamiento en la puerta, quien me recolocó la bolsa blanca de ohenro… aunque, tras despedirme de él, la devolví a su anterior posición, pues ya me había acostumbrado a llevarla así. Como siempre, caminé unos pocos metros hasta dar con un lugar un poco más apartado y calenté para evitar lesiones.

Ohayo gozaimasu.

Pequeña estatua a la vereda del camino.

¿Casa deshabitada?

Comencé la etapa más tarde que los días anteriores, con el sol ya asomando. El Templo 13, que dejaba atrás, era el primero de los cinco que pertenecen a la ciudad de Tokushima. Por suerte, aún me encontraba en las afueras y no en el caso urbano. El primer tramo fue a través de plantaciones, con el sol de fondo, cruzándome con alguna persona que también había decidido madrugar para pasear.

De paseo con un akita inu.

Indicando el siguiente templo.

Todavía en las afueras de Tokushima.

¡Peligro!

En apenas media hora llegué al Templo 14 (Joraku-ji). Recorrí un par de veces los alrededores del templo buscando su puerta principal, pero no la encontré. Como llegué antes de que abriera la oficina, pude visitar los salones con tranquilidad. En concreto, su salón principal es bastante curioso, al estar construido sobre rocas, por lo que recibe el nombre de “jardín de las rocas de agua”. En el recinto solo había una pareja de ancianos. Mientras el marido rezaba, la mujer me preguntó si mi objetivo era hacer toda la peregrinación, y se emocionó al escuchar mi respuesta. 

Hondo sobre el jardín de rocas.

Campanario del Templo 14.

Llegó Bruno-san, nos saludamos, rezó y se fue, pues durante esta peregrinación no estaba interesado en conseguir los sellos de los 88 templos. En cuanto abrió la oficina, me sellaron la libreta y me despedí de la entrañable pareja de ancianos, no sin antes tomar un café de la maquina expendedora situada en el interior del templo.

Hasta el Templo 15 (Awa Kokubun-ji) solo había una distancia de un kilómetro. Se trata del templo principal de la prefectura y, al igual que el Templo 11, no pertenece a la rama del budismo Shingon sino a la escuela Soto Zen. Está localizado en un terreno amplio y árido, pero con un pequeño jardín zen oculto por unas vallas.

Vistas del Templo 15 desde su salón principal.

Nokyojo, oficina de sellos.

Bien protegido del sol por mi sugegasa, fue el momento de volver a andar por grandes carreteras. En cuanto pude, retomé las callejuelas hasta alcanzar el Templo 16 (Kannon-ji), justo cuando un grupo de peregrinos estaba terminando sus rezos. Realicé los ritos y, como en el resto de los templos de ese día, me detuve a descansar. En teoría esta etapa era breve, por lo que había decidido ir más tranquilo que los días anteriores para dar algo de tregua a mis piernas.

Entrada al Templo 16.

Ohenro rezando en el salón principal.

Temizuya, para lavar las manos y la boca.

Quise hacer un descanso un poco más largo, así que busqué un lugar menos transitado que los templos. Para ello, a unos pocos metros encontré el Santuario Omiwa, enclavado en un frondoso parque. Su salón principal estaba decorado con sombrillas de colores y se podían encontrar en muchos de sus rincones figuras de conejos… un rincón peculiar que invitaba a detenerse y explorar.

Santuario Omiwa.

Algunos de los moradores del santuario.

Torii escondido en la espesura del parque.

Parada de bus cercana al santuario.

Desde allí fueron unos tres kilómetros hasta el último templo de la ciudad de Tokushima, el Templo 17 (Ido-ji). Cuenta la leyenda que, si te asomas al pozo que se encuentra en uno de sus edificios y ves tu reflejo, tendrás buena suerte. Tras conseguir el sello, me comí el onigiri que llevaba dos días paseando. Apareció entonces una mujer con un niño pequeño para visitar el templo, y me acerqué a regalarle uno de mis caramelos.

Sanmon del Templo 17.

Peregrinos tras los rezos.

Entonces fue el momento de organizar la segunda parte de la etapa. Una vez visitados los templos, tenía dos opciones: la ruta sencilla a través del casco urbano o un desvío por el monte Bizan. Como quería evitar la ciudad en la medida de lo posible mientras andaba, me decidí por la segunda opción, pero parando primero en un restaurante de ramen a mitad de camino. Cuál fue mi sorpresa cuando, tras una hora andando, el restaurante estaba cerrado… Ese día aprendí una valiosa lección: da igual el horario que aparezca en Google Maps, solo sabría si un restaurante estaba abierto cuando lo tuviera delante. Al menos había una máquina expendedora cerca, así que me compré medio litro de café y me dirigí al monte.

Por fin, un día sin nubes.

Y más bicicletas... qué ganas tenía de volver a coger una en Japón.

Seguí la carretera hasta dejar un pequeño estanque a la derecha y me adentré por un cementerio. El trayecto por el monte Bizan fue más complejo de lo que esperaba: una subida con bastantes troncos caídos, gran desnivel y una bajada con cuerdas a los lados… quizás por eso tenía marcada una dificultad moderada en la app. 

Cementerio a los pies del monte Bizan.

Un camino que recorrer con mucho cuidado.

La verdad es que agradecí llegar de nuevo a la carretera. Mi siguiente parada fue un sento (baños públicos), que en teoría contaba con un restaurante… pero claro, ese restaurante también estaba cerrado. Me resigné a bañarme con el estómago vacío, y el sitio me sorprendió gratamente. Aunque no era un onsen, contaba con un pequeño rotemburo, sauna e hidromasaje. Al salir, compré una bolsa de mandarinas y me tomé la mitad acompañada de unos frutos secos mientras disfrutaba de un sillón de masajes.

Rotemburo, baño termal al aire libre.

Así de relajado estuve yo en el sillón del fondo.

Tanukis vigilando que no entren personas con tatuajes.

Tras ese festín, me calcé y até la toalla mojada a la mochila, ya que todavía me quedaba una hora hasta el fin de la etapa. Seguí la carretera por un camino paralelo, que en un momento dado se llenó de niños que salían del colegio. Al coincidir con ellos, algunos se quedaban quietos mirándome y otros me saludaban con un “hello” o “konnichiwa”.

Super-ohenro.

Regresando de la escuela.

Andando a buen ritmo, llegué a la estación de Jizobashi. La única persona en la estación, Mia-san, entabló conversación conmigo y, casualidades de la vida, sabía español. Había ido varias veces a España, tanto para estudiar el idioma como para hacer el Camino de Santiago, que ese año había terminado por fin. Charlamos en voz baja durante el trayecto en tren y en la estación nos despedimos, pues ella regresaba ese día a su casa, cerca de Hakone.

Atardecer en la estación de Jizobashi.

Etapa terminada, ohenro feliz.

Tomando el tren con Mia-san.

Salí de la estación de Tokushima, ahora sí en plena ciudad, y fui directo a mi alojamiento, Hostel PAQ. Me di una ducha rápida, me cambié de ropa y fui a los terrenos de las ruinas del castillo. No vi muchas ruinas, pero al menos pude disfrutar de un paseo agradable sin la mochila a cuestas, primero por el parque a la orilla del río y luego por la ciudad, un entorno muy distinto al de los días anteriores. 

A diferencia de lo que me pasó al volver a Tokyo tras recorrer el Kumano Kodo, llegar a una ciudad como Tokushima no me supuso una molestia. Al contrario, disfruté de escuchar el japonés de la gente más joven, el sonido de los semáforos, el paso de los trenes integrado entre los edificios, ver las bicicletas fluyendo por las aceras…

Terrenos del antiguo castillo de Tokushima.

Los edificios no consiguen tapar las montañas.

Luces de neón, tan propias de las urbes japonesas.

Volví a la estación de Tokushima para conseguir su sello (en una libreta distinta a la de los templos, claro). Allí me encontré con Weng-san y su silencioso amigo. Hablamos un rato y compartimos nuestras siguientes etapas, riéndonos al ver en cuántos sitios íbamos a volver a coincidir. En la misma estación había un centro comercial con un Daiso, donde compré una bolsa de gran tamaño.

Cayó la noche y el sonido de mi tripa me recordó que casi no había comido nada en todo el día. Tenía antojo de okonomiyaki y encontré cerca de mi alojamiento un restaurante con buenas valoraciones, Hayashi no Okonomiyaki. El sitio estaba medio vacío, quizá por ser un lunes a última hora, y me sentaron en una mesa con plancha. A pesar de la poca clientela, el servicio no paraba y se escuchaban las comandas desde la cocina, probablemente para atender a aquellas personas que venían directamente a recoger su pedido. Cené un okonomiyaki de cerdo con queso y huevo que estaba riquísimo, por lo que me anoté el restaurante para regresar al terminar la peregrinación.

Restaurante Hayashi no Okonomiyaki.

Mi habitación en Hostel PAQ.

Por último, en el hostel, preparé una bolsa con algunas de las prendas que iba a dejar allí hasta mi regreso, para aliviar un poco el peso sobre la espalda. Es un servicio gratuito y muy recomendable de Hostel PAQ: si te alojas con ellos al inicio y al final del camino, puedes dejar el equipaje que necesites en sus instalaciones. 

A pesar de su sencillez, esta quinta etapa había sido muy larga, al hacer tantos descansos para intentar reducir el dolor que comenzaba a despuntar en las rodillas. Me fui a dormir esperando que no fuera a más…


¡Hasta la próxima!

また!


INFORMACIÓN 

  • Fecha: 21 de octubre de 2024.
  • Etapa: Tokushima (KM 72 - KM 93).
  • Distancia: 27,74km. 
  • Templos: T14-T17.
  • Alojamiento: Hostel PAQ (reserva por Booking).

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