Día 6: Kaiko

Cómo es la casualidad… Al pie de las escaleras estaba un hombre alto, de pelo rizado, fumando tranquilamente. Mis ojos no daban crédito. Me acerqué y le pregunté tímidamente: “¿Eres Luigi?”

Cómo es la casualidad… Mi intención era levantarme ese día un poco más tarde para aprovechar el desayuno incluido en el alojamiento, pero con los ruidos de la habitación de al lado a las 5:30 decidí salir antes de la cama. Es más, en mi plan inicial ni siquiera me iba a alojar en Hostel PAQ: fue tras hablar con Don Weiss el primer día que me di cuenta de lo útil que podía ser dejar alguna de mis cosas en Tokushima, lo que me hizo estar atento por si quedaba libre alguna habitación en Hostel PAQ. 

Pero me acabé alojando allí y levantándome casi una hora antes. Recogí mis cosas, bajé las escaleras y viví un verdadero kaiko (encuentro por casualidad). Al pie de las escaleras estaba un hombre alto, de pelo rizado, fumando tranquilamente. Mis ojos no daban crédito. Me acerqué y le pregunté tímidamente en inglés si nos conocíamos, quedando el hombre un poco desconcertado. Me di cuenta de que no había elegido bien mis palabras y lo intenté de nuevo: “Disculpa, ¿Eres Luigi?” 

Con Luigi Gatti, autor del libro "El camino de Japón".

Efectivamente. La casualidad quiso que los primeros días como ohenro pudiera conocer en persona al autor del libro que tanto me había influido para recorrer el camino de Shikoku. Luigi se acordaba del mensaje que le envié, me explicó que acababa de llegar a Shikoku para hacer algunas etapas con un grupo de italianos y me dio bastantes consejos para mi peregrinación. 

Le di las gracias por todo y me puse en camino. Aunque al despertar había sentido el peso de los primeros días, el encuentro con Luiggi y la mochila más vacía renovaron mis energías. Hice una breve parada en un convini para desayunar y tomé el tren en la estación de Tokushima para regresar a Jizobashi.

Amanecer en la ciudad de Tokushima.

Vistas desde el tren.

De vuelta a la estación de Jizobashi.

Desde allí me dirigí al primer templo del día. Para ello tuve que dejar atrás la ciudad, pasando por un puente atestado de ruido y coches (¿primer atasco del viaje?). En cuanto pude, me desvié por caminos secundarios. Durante un par de horas anduve por callejuelas y plantaciones, deteniéndome varias veces a hacer fotografías de pájaros y de gente trabajando la tierra. Eché mucho de menos mi cámara, pero sabía que para este viaje hubiera sido una carga adicional. Las personas que me crucé, especialmente las más mayores, me saludaron amablemente, alegrándome aún más el día.

Charlando de camino a la escuela.

Juntos, pero no revueltos...

...desaparece la calma al echar el vuelo.

Poco antes de llegar al templo, tomé un camino secundario atravesando un bosque. Por la cantidad de telarañas pensé que me había equivocado, sin estar siquiera seguro de si la puerta que crucé era la principal. Mis dudas se disiparon tras subir un tramo de escaleras y encontrar tras los arbustos una estatua de gran tamaño de Kobo Daishi.

Ohenro realizando la peregrinación en sentido contrario.

¿Sanmon del Templo 18?

Kukai mostrando el camino.

El Templo 18 (Onzan-ji), rodeado de árboles en la parte alta de la colina, me recordó que había dejado atrás la ciudad. Subí los escalones hasta el salón principal e hice los ritos. Al acabar, coincidí con varios grupos de peregrinos, entre ellos Weng-san y su amigo, a quienes saludé antes de retomar el camino al segundo templo del día.

Daishido del Templo 18.

Grupo de peregrinos bajando del salón principal.

Durante los rezos, se van haciendo las caligrafías de los grupos.

Tras descender la colina, pasé por una granja con muchas vacas y por un bosque de bambú. El resto del camino fue paralelo a una carretera, bajo un fuerte sol. Aproveché una antigua estación de descanso donde quedaba una máquina expendedora para comprar un calpis fresquito. La carretera me llevó hasta Tatsue, un pueblo cuya entrada destaca por tener un gran puente rojo cruzando el río. Uno de los operarios se acercó rápido a hablar conmigo, me preguntó si estaba bien y me dio ánimos para el resto de la etapa.

Calpis, bebida de dioses.

Casa decorada con todo tipo de figuras.

Cabaña para ohenros.

Puente Shirasagibashi, en Tatsue.

Según Maps, en Tatsue había una pastelería de dulces tradicionales, pero al llegar pude comprobar que había cerrado años atrás. Apesadumbrado, me dirigí al Templo 19 (Tatsue-ji), que me pareció bastante bonito por sus colores y por la pagoda de varias plantas en su interior. Tras hacer los ritos me tomé un respiro, momento en el que se me acercó una obaasa. Se llamaba Akiko, era una voluntaria del pueblo y le gustaba acercarse a ayudar a los ohenros. Me dio una tarjeta y unas galletas como muestra de osettai y estuvimos hablando un poco en japonés. Me llamó la atención que su marido había sido profesor en la universidad de Osaka, en materia de semiconductores, y le había acompañado en un viaje académico a la universidad de Salamanca, por lo que pudo visitar algunas ciudades de España.

Entrando en el Templo 19.

Pequeña estatua frente al Hondo.

Dentro del salón principal, con Koya-kun.

Osettai de Akiko.

Tras el Templo 19, el cielo se tornó gris, como un presagio del día siguiente. Quedaban unos diez kilómetros hasta el siguiente pueblo, donde me iba a alojar, así que no podía demorarme más. Me mantuve alejado de la carretera durante varios kilómetros hasta que llegó la hora de comer, prácticamente en mitad del campo. De nuevo, consulté Maps para intentar localizar algún sitio y encontré un restaurante de udón no muy lejos de mi camino. Opté por arriesgarme y me desvié, no muy convencido. Poco antes de llegar, empecé a ver banderines a ambos lados de la carretera anunciando el restaurante y, lo más importante, una baliza luminosa naranja, que parpadeaba, indicando que seguramente el restaurante estaba abierto.

Y así fue. Era un restaurante muy pequeño, quizás anexo a la casa de los dueños. Cuando entré había dos clientes, con monos de obra, acabando sus platos. Me descalcé y me senté tranquilamente cerca de la ventana. La señora más joven me atendió mientras la mayor se encargaba de la cocina. Pedí un soba con tempura y chirashi de sushi, con un café después. Comí tranquilamente, con las noticias en japonés de fondo. Felicité a la cocinera por la comida y la otra mujer me dio un poco de conversación: de dónde venía, si iba a hacer la peregrinación entera… Y como osettai me invitaron tanto al chirashi como al café, majísimas.

¿Encontraré un sitio para comer?

Restaurante Miporin, mi salvador.

Udón y chirashi, todo delicioso.

Todavía me quedaban casi dos horas de camino y decidí hacerlas por carretera, pues la alternativa por montaña involucraba un tramo de dificultad media que consideré incompatible con mi cansancio acumulado. Los primeros kilómetros fueron un poco peligrosos, debido a la ausencia de aceras, a las curvas y a los cambios de rasante. Confié en la prudencia de los conductores, aunque me alegré cuando regresaron las aceras a ambos lados de la carretera. Un hombre mayor en bicicleta me adelantó y se paró a hablar con una mujer, que le dio una caja de mandarinas. Varias mandarinas cayeron al suelo y cuando las recogí, me sonrieron y me dijeron que me las quedará. Fue el tercer gesto de osettai del día y la primera vez, que no la última, que me regalaban mandarinas.

Gasolinera abandonada.

Circulando con cuidado por el arcén.

Mientras esperaba el autobús, el estudiante de instituto cantaba a pleno pulmón.

Llegué a la estación de servicio de Hinanosato, en la entrada de Katsuura. El alojamiento de esa noche, Fureai no Sato Sakamoto, está bastante alejado del recorrido de la peregrinación y los dueños ofrecen un servicio de recogida gratuito desde la estación de servicio. Avisé en recepción de mi llegada y se encargaron de hablar por teléfono con Fureai no Sato. Me senté a descansar y a los pocos minutos llegó Bruno-san, que también se alojaba allí.

Estación de servicio Hinanosato.

Almacén donde se celebra una exposición de muñecas Hina, ¿con dinosaurios?

Un empleado de Fureai no Sato nos recogió en coche y nos llevó hasta el alojamiento, un antiguo colegio de primaria. Los pocos días que había estado en Shikoku ya me había cruzado con un par de colegios abandonados y me hizo ilusión ver cómo estas infraestructuras podían ser reutilizadas por la comunidad local. Me instalé en mi habitación, el antiguo despacho del director y puse una lavadora.

Fureai no Sato Sakamoto, antigua escuela.

Despacho del director.

Mi habitación por dentro, nada mal.

Me relajé en el ofuro y descansé en mi habitación. Bajé un momento a ayudar a  Bruno-san a comunicarse con su banco. Para llamadas internacionales o para llamar a números japoneses yo siempre utilicé en la peregrinación las llamadas de Skype (lamentablemente, acaban de cerrar este servicio). Al caer la noche, desde mi ventana pude ver como la carretera hacia el colegio se iluminaba con farolillos de colores. 

Ofuro del alojamiento, junto a un pequeño jardín.

Vistas desde la azotea.

Encurtidos, tempura, pescado...

Cené con Bruno-san en el comedor del colegio, donde me extrañó no ver a Weng-san y a su amigo, ya que había entendido que también se alojaban ahí. Más tarde, desde mi futón, escuché la lluvia caer. El día siguiente debía recorrer una etapa de montaña… ¿con lluvia o sin lluvia?


¡Hasta la próxima!

また!


INFORMACIÓN 

  • Fecha: 22 de octubre de 2024.
  • Etapa: Tokushima (KM 93) - Katsuura (KM 112).
  • Distancia: 26,26km. 
  • Templos: T18-T19.
  • Alojamiento: Fureai no Sato Sakamoto (reserva por página web).

Comentarios

  1. Que maravilloso ese encuentro!!!
    Y que bonitas todas las experiencias de osettai.
    Disfrutando mucho de tu diario!

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    1. ¡Mil gracias, Verónica! El encuentro con Luigi fue un osettai que me dio la propia peregrinación, quién me lo iba a haber dicho unos meses antes, cuando leí su libro en Galicia. El cuidado y al atención de la población de Shikoku hacia los peregrinos es una de las características de este camino, nunca dejaron de sorprenderme de forma positiva los pequeños regalos que me hicieron esas semanas...

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