Día 7: Komorebi

Esta etapa es una de las más duras y bonitas de la peregrinación: se visitan tres templos, dos de ellos en la parte superior de dos montañas y un tercero en la base, con un ascenso total de 1.100 metros…

Me desperté e inmediatamente me di cuenta de que esta vez no se trataba de un río cercano: llovía. Intenté no agobiarme y desayuné las mandarinas recibidas como osettai el día anterior. Después preparé la mochila, guardando el contenido en bolsas de plástico. Me despedí de Bruno-san, quien iba en dirección contraria ese día para visitar uno de los templos Bekkaku. Yo había solicitado salir pronto por la mañana, pero el primer transporte hasta la estación de servicio de Katsuura fue a las siete de la mañana… y casi mejor, pues a esa hora la lluvia era más débil.

¿Despejará?

Esta etapa es una de las más duras y, posiblemente, de las más bonitas de la peregrinación. Se visitan tres templos, dos de ellos en la parte superior de dos montañas (naisho) y un tercero en la base, con un ascenso total de 1.100 metros. En la app de Henro Helper existen siete versiones distintas de esta etapa, algunas incluyen la utilización de un teleférico para visitar el Templo 21 para suavizar la subida. Es necesario llevar comida, ya que no hay ningún establecimiento hasta alcanzar el Templo 22. 

En mi caso decidí tomar el camino íntegro por montaña. Nada más empezar, encontré el cartel que avisaba de una bifurcación: a la derecha el camino por montaña, recto por carretera. Aunque este segundo es dos kilómetros más largo, es recomendado por Dunskus en su guía en días de lluvia. Las pocas gotas que caían del cielo fueron una señal para confiar en mi decisión. Compré un café en una máquina expendedora y me adentré en la naturaleza. 

Toca girar a la derecha...

...y comenzar a subir.

Una hora de fuerte subida, con una elevación de casi 500 metros en menos de tres kilómetros. Con cada paso que daba el cielo se iba despejando poco a poco y a la vez desaparecían mis miedos sobre una etapa en montaña pasada por agua. Al pasar una cabaña de descanso para peregrinos el camino se complicó, con tramos más estrechos y peldaños elevados en los que era fácil resbalar y caer: un henro korogashi

Adiós nubes, hola azul del cielo.

Disfrutando de las vistas.

Pequeño santuario cerca del inicio del henro korogashi.

El camino cruzó con una carretera y, aunque no tenía intención de descansar, tuve que darme unos segundos de pausa. No para recuperar el aliento, sino para disfrutar de como los rayos del sol se colaban suavemente entre las hojas de los árboles. Este fenómeno se denomina komorebi y, unido al sonido de la montaña, al olor de las hojas, al frescor todavía presente en el aire… fue un pequeño regalo de ese día.

Komorebi, la luz del sol acariciando las hojas de los árboles.

El Templo 20 (Kakuren-ji) me recibió con un aire de misticismo, bajo una suave lluvia y una débil niebla. Dejé mis cosas a los pies de la escalera y visité los salones del primer nansho del día. El templo cuenta con la única pagoda de tres pisos de Tokushima y algunos de los edificios más antiguos de la peregrinación, aunque a mí me llamó más la atención la presencia de la grulla como símbolo. 

Ohenros saliendo del Templo 20.

Escaleras hacia el Hondo.

Estatua de la grulla frente a la pagoda.

Goshuin del Templo 20.

Tras los rezos, la lluvia desapareció. Guardé el poncho y comencé el descenso de la primera montaña. A pesar de contar con una elevada pendiente (pérdida de elevación de 400 metros en kilómetro y medio), el buen estado del camino hizo que no fuera especialmente duro. Hice una parada para hacer algunas fotos y, por fin, pude saldar una deuda pendiente y fotografiar a uno de los cangrejos de montaña. 

La niebla me acompañó los primeros metros de descenso.

Camino despejado de troncos, seguramente gracias a los voluntarios.

¡Krabby encontrado!

Acabado el descenso, las dos montañas están separadas por la carretera 19 y por un pequeño río. Antiguamente, los peregrinos tenían que andar hasta un pueblo cercano, Kamodani, para poder cruzar al siguiente monte. Por suerte, ahora existe el puente Suii-Bashi, que une ambas montañas. Además, justo en uno de sus extremos hay una cabaña y una máquina expendedora, un lugar perfecto para descansar.

Máquinas expendedoras, casi siempre puedes confiar en que habrá una.

De montaña a montaña y cruzo porque me toca.

Crucé el puente bajo un sol abrasador y fui directo a subir la segunda montaña. El primer tramo fue increíble: la temperatura era perfecta bajo la sombra de los árboles, el sonido de fondo del río y del viento, el camino escarpado y lleno de musgo... parecía un bosque encantado. Entonces tuve tres encuentros inesperados, casi de cuento. Primero, una piedra a un lado del camino comenzó a moverse sola. La curiosidad me pudo y tuve que acercarme a ella para confirmar que se trataba de un anfibio, posiblemente un sapo. Después, un ruido me puso en alerta: algo bajaba en sentido contrario… ¿un animal? No esperaba encontrar a un ojiisan en bicicleta (normal, no de montaña), que me saludó con una sonrisa y siguió su camino. Por último, al girar por donde venía el anciano, me quedé con la boca abierta al ver el río iluminado por el sol y una zona de descanso cubierta por musgo. 

Como se dice en japonés, mukashi mukashi...

¿Se ha movido esa piedra?

Tan tanquilo en su mamachari.

Ya me dijo Luigi que esta etapa era preciosa...

No obstante, todo tiene un final. Esta etapa de hadas y duendes dio paso a un henro korogashi, con una pendiente bastante dura. El buen tiempo me había cargado de energía y subí sin bajar el ritmo, adelantando a un puñado de ohenros que recuperaban el aliento en distintos puntos del camino. Tras casi descalabrarme por una pasarela de metal, construida irónicamente para ayudar a los peregrinos, hice un último giro y vi a lo lejos el Sanmon del Templo 21. Emocionado, aumenté un poco más la velocidad… y no pude evitar reírme cuando me di cuenta de que el templo no estaba ahí, sino un largo tramo de escaleras.

Plancha de metal puesta para ayudar... pero casi me mata.

¿Estará el templo al girar? No...

...y tampoco al cruzar el Sanmon.

Diez minutos después, por fin estaba frente a la recepción del Templo 21 (Tairyu-ji). Dejé la mochila, respiré y miré a mi alrededor. Este nansho no tenía nada que ver con el que había visitado horas antes: parecía un oasis en mitad de la montaña, con jardines bañados por los rayos del sol. Leí la información sobre el templo y me dirigí hacia su parte central, con otro tramo de escaleras. Toqué la campana situada en una segunda puerta y realicé los ritos. De vuelta a la primera zona, conseguí los sellos y envié varias postales a mi familia (y a mí mismo). Raro en mí, disfruté del sol tomando un onigiri y unos frutos secos. Mientras descansaba, llegaron Weng-san y su amigo el silencioso, e intercambiamos anécdotas de la mañana.

Campana en el interior de la puerta.

Monje rezando en los santuarios cercanos al Hondo.

Daishido escondido tras los árboles.

Postales enviadas desde el Templo 21... y sí, llegaron a su destino.

Antes de marcharme di una vuelta por los alrededores, pues tenía curiosidad por ver el teleférico. Después visité un par de monumentos, entre ellos una estatua de Kukai, situada en un peñón donde la leyenda cuenta que el propio Kobo Daishi había meditado, llamado Minamishashin Katake. Había cadenas de metal para acceder y, aunque la subida fue sencilla, en la bajada resbalé ligeramente… pero no hubo nada que lamentar.

Subida desde el teleférico hasta el Hondo.

Peregrinos bajando del teleférico.

Estatua de Kukai, cuidado al subir y bajar si ha llovido...

Ohenro buscando cómo subir.

Recogí mis cosas y volví al camino, esta vez para descender la montaña. Me despedí de Weng-san y su amigo, ya que ellos bajarían por el teleférico. Nada más volver a andar, me llamó la atención un cartel y utilicé el traductor del móvil para descifrarlo, por si el camino estaba cerrado. “No se recomienda bajar a partir de las 14:00, ya que no dará tiempo a llegar antes de que caiga la noche”.  Miré mi móvil, que marcaba las 13:55 y me reí... justo a tiempo.

Ohenro se despide de las montañas de Tokushima.

Omikuji en forma de daruma.

Cuesta abajo y sin frenos.

Aunque el primer tramo me pareció sencillo, entendí que le hubieran otorgado un nivel medio de dificultad en la app, ya que contaba con varios puntos donde se estrechaba peligrosamente. La última parte fue la más compleja, con varias cuestas muy pronunciadas donde las cuerdas dispuestas a los lados fueron mi salvación. Además, me encontré a otro sapo, que me hizo compañía durante unos segundos.

Por favor, nada de fuego, gracias.

Majísimo.

Al llegar a la carretera, comencé a apretar el paso, por miedo de no llegar al último templo del día. Seguí un camino pavimentado que me llevó a través de fincas, con casas tradicionales que por el aspecto parecían abandonadas, y me adentré nuevamente en la montaña. Dos kilómetros de henro korogashi y alcancé el pase de One. Las prisas me hicieron resbalar más de una vez, por lo que decidí parar y respirar, recordándome que esa noche me alojaba cerca del templo, por lo que siempre podía visitarlo el día siguiente. Continué con paso seguro y firme, y me calmé cuando llegué de nuevo a la carretera, antes de lo esperado.

Una de las muchas casas abandonadas por el camino.

Último henro korogashi, un pequeño esfuerzo más.

Anduve media hora por el pueblo de Aratano mientras caía el sol, cruzándome con personas mayores que seguían trabajando en sus jardines. Por fin, llegué al Templo 22 (Byodo-ji) y fui directamente a conseguir los sellos, por miedo a que cerrasen la oficina. Con mi libreta sellada, dejé las cosas, toqué la campana y recé en los salones. En el Hondo encontré a un monje realizando un rito, mientras mascullaba cánticos y quemaba matojos. Bajé al Daishido para dar paso a un grupo de ohenros, leí sobre el templo y me marché. Un templo pequeño, pero bonito, enclavado en las lindes de un bosque y con cintas de colores atravesando sus terrenos, desde el salón principal hasta el Sanmon.

Vistas del Templo 22 y de Aratano.

Rito en el salón principal.

A un kilómetro estaba mi alojamiento, Green House. La dueña, Miwa, fue muy atenta: me mostró la habitación (donde había algunos dulces de picoteo), me dejó descansar una horita y por la noche me llevó en coche al convini para que comprase la cena y el desayuno.

Por si quedaba alguna duda, Green House.

Mi habitación para esa noche.

Entre la compra y el osettai de Miwa, tuve un banquete.

Volvimos a Green House y cenamos los tres, con su madre. Aunque me había comprado un don para cenar, Miwa me preparó un té y me sirvió un cuenco de su cena: sopa de verduras con cerdo y cangrejo. Me enseñaron un vídeo de su último viaje a Okinawa y yo les enseñé fotos de cuando estuve buceando allí. El broche prefecto para un día de diez.


¡Hasta la próxima!

また!


INFORMACIÓN 

  • Fecha: 23 de octubre de 2024.
  • Etapa: Katsuura (KM 112) - Aratano (KM 133).
  • Distancia: 25,85km. 
  • Templos: T20-T22.
  • Alojamiento: Green House (reserva por página web).

Comentarios

  1. Que etapa más bonita!
    Mereció el esfuerzo! Y los Kamisama (o Buda🤭) permitieron que lo hicieras sin lluvia!

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  2. Me dijo Luigi que era una etapa impresionante, y así fue. Entiendo que haya personas que, teniendo pocos días, se animen a hacer la ruta entre los Templos 20 y 21, aunque luego desciendan en funicular, es preciosa.

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