Día 10: Aoshigure

Bordeé el mar por un camino de piedras, lejos de la carretera, hasta finalmente ascender por un bosque. La suave lluvia, la niebla, las nubes claras… lograban teñir todo de azul, fundiendo mar, montañas y cielo.

En pie a las seis de la mañana, intentando no molestar a la familia australiana de la habitación de al lado. Me preparé un café para acompañar un bizcocho de matcha, con vistas al mar. Ya que no tenía prisa, me acerqué de nuevo a la playa para darme un baño… el agua estaba perfecta. Tras una ducha rápida, recogí todo y me volví al camino.

Empezando bien el día.

A esas horas otros ya habían acabado.

Después de la larga etapa del día anterior y sus cambios de nivel, temí por mis piernas. Sin embargo, casi no sentía molestia… agradecí haber confiado en la tríada de pomada para los pies, buen calzado y calentamiento previo. Recé en un santuario cercano al alojamiento y me puse en marcha.

La ruta comenzó por la carretera 55, pero pronto la aplicación me propuso alternativas. La primera de ellas quizás fue uno de mis tramos favoritos entre Hiwasa y Muroto. Consistió en atravesar el pequeño pueblo de Kaiyo y continuar bordeando el mar por un camino de piedras, lejos de la carretera, hasta finalmente ascender por un bosque. La suave lluvia, la niebla, las nubes claras… lograban teñir todo de azul, fundiendo mar, montañas y cielo. 

Kaiyo.

Más kilómetros, pero más calma.

Aoshigure, lluvia ligera que tiñe todo de azul.

Dejé atrás brevemente el mar, por un camino en el estanque Ebiga. Estaba repleto de aves y, aunque intenté hacer alguna foto desde los miradores, sabía que el resultado hubiera sido mejor con mi cámara… 

Yao, el rey de la rama.

De repente, empecé a escuchar gritos a lo lejos, en dirección contraria. Durante diez minutos repetí varias veces el mismo patrón: andaba unos metros, paraba, seguía escuchando esos gritos, dudaba si buscar de dónde venían, seguía andando… Así hasta que, evidentemente, me pudo la curiosidad y di marcha atrás. Atravesé un gran parque intentando buscar el origen de los gritos, que continuaban produciéndose de forma rítmica. Entre los árboles, subí una colina hasta encontrar frente a mí un gran estadio. En su interior, un equipo de béisbol estaba practicando, siguiendo las órdenes de su capitán. Aproveché para descansar un poco mientras miraba el entrenamiento, escuchando como sus voces retumbaban sin cesar.

Al vuelo.

Regresé al estanque Ebiga y volví a desviarme para evitar la carretera, a través de un camino paralelo a la playa de Ozato Matsubara. La lluvia, en forma de escasas gotas, continuó toda la mañana, pero no me impidió disfrutar del paisaje. Durante las primeras horas me crucé principalmente con pescadores y surfistas… y casualmente con la dueña del alojamiento de la noche anterior (con su bebé) que estaba hablando con unos amigos frente a una tienda de surf. Nos sonreímos al vernos y me deseó suerte en el camino.

Árbol Enoki.

Playa de Ozato Matsubara.

En uno de los pueblos, encontré un gran supermercado, donde aproveché para comprar un tentempié y la cena. Al entrar, fue como volver a Tokyo, en concreto, al barrio donde viví yo… especialmente cuando vi los mismos cereales que desayunaba todos los días. Me senté en un banco, resguardado bajo la lluvia, y me tomé tranquilamente mi café y un dulce.

Y con banco protegido de la lluvia, perfecto.

Los panas felices, saludando a todo el mundo.

Las nubes bajas seguían escondiendo las montañas.

La etapa me llevó de forma inevitable por la carretera 55. Cuanto más avanzaba el día, más me daba cuenta de la suerte que había tenido, pues las nubes me evitaron tener que recorrer un largo tramo de carretera bajo el sol. A la izquierda, el mar; a la derecha, menos coches de lo esperado. Como de costumbre, al dar las doce sonó una música (proveniente de un megáfono) y justo entonces me adelantó un tren en forma de autobús pequeño por una vía que creí abandonada…  ¿serviría para conectar algunos de estos pueblos costeros?

Carretera 55, siempre con el mar a la izquierda.

Muelle en una zona de descanso.

Vas bien, ohenro.

Minutos después, llegué a Shinshikui Onsen, cuya playa estaba plagada de surfistas. Me dirigí a la oficina de turismo, donde conseguí un sello para mi libreta y después al Hotel Riviera. Este hotel cuenta con un onsen al que es posible acceder sin ser huésped: pagué la tarifa de uso diario, me guardaron amablemente todas mis cosas en recepción y subí al piso superior. El onsen estaba bastante vacío y contaba con unas bonitas vistas del océano, así que fue una experiencia muy agradable. Relajado, decidí comer en el propio restaurante del hotel un muslo de pollo frito estilo Awa Odori, uno de los platos típicos de la prefectura de Tokushima.

Fotografiando a los surfistas y a sus olas.

Hotel Riviera Shinshikui.

Pollo estilo Awa Odori.

Tras la comida, me quedaban solo 6 kilómetros para terminar la etapa. La mayor parte los recorrí a lo largo de la carretera 55, donde seguí haciendo fotos de los pájaros… hubo tramos donde las farolas contaban con un par de pájaros descansando en ellas. Crucé un túnel breve y al salir, casi sin darme cuenta, había llegado a Toyo, el primer municipio de la prefectura de Kochi. Por primera vez en mi peregrinación dejaba atrás Tokushima y me adentraba en una nueva prefectura… 

Y se marchó.

Mirada atrás hacia Shinshikui Onsen.

Entrando en la prefectura de Kochi.

En vez de cruzar el puente, tomé un desvío a la derecha, por el pueblo de Kannoura. Tenía la esperanza de encontrar un baño, ya que me encontraba un poco mal del estómago… pero no ocurrió. Consulté Maps y, al estar a media hora del final de la etapa, decidí apretar el paso y regresar a la carretera 55 a la altura de la playa Shirahama.

Casas frente al puerto en Kannoura

¿Piratas que atracaron su barco en Kochi?

Carteles de elecciones, fue divertido ver cómo cambiaban en cada región.

Mi alojamiento, South Shore Ikumi, era un complejo destinado principalmente a surfistas, el público objetivo de la zona. Cuando llegué, la puerta al edificio principal estaba cerrada y del dueño no había ni rastro. Llamé por teléfono y tampoco obtuve respuesta, por lo que empecé a pensar en acudir a otro alojamiento cercano para pedir ayuda… cuando me fijé en un cartel situado en una puerta lateral, donde me habían indicado mi habitación.

Edificio principal de South Shore Ikumi.

Janier Rodiora, me quedé con tu habitación.

Una cama para mí, la otra para la ropa.

Dejé las cosas y bajé a la playa Nukumisafin, a un par de minutos andando del alojamiento. Paseé por la playa, observando a los surfistas y mojando un poco los pies. Me senté en la arena, hice un par de llamadas a mi familia y me quedé mirando el mar hasta que cayó la noche.

Playa Nukumisafin.

Hipnótico verles surfear...

De vuelta al alojamiento, pasé por el edificio principal para pagar al dueño, que por fin había regresado. Pensé en cenar en las mesas exteriores, pero unas arañas de buen tamaño me hicieron cambiar de idea, así que regresé a mi habitación. Antes de dormir, en la cama, revisé las fotos de ese día y me volví a sorprender al recordar que había conseguido llegar a una nueva prefectura. 


¡Hasta la próxima!

また!


INFORMACIÓN 

  • Fecha: 26 de octubre de 2024.
  • Etapa: Ozuna (KM 176) - Ikumi (KM 194).
  • Distancia: 28,91km.
  • Templos: --
  • Alojamiento: South Shore Ikumi (reserva por Facebook).

Comentarios

  1. Kochi, ya! Madre mía hasta a mí me sorprende, a pesar que se lo que lograste hacer jeje
    Gracias por compartir cada etapa, de verdad que me encanta leerlo!

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    1. Kochi prefectura (me quedan unos 100km hasta Kochi ciudad), pero sí, hasta yo me sorprendo a medida que voy escribiendo. Al acabar de redactar esta etapa, abrí Maps y volví a recorrer en el mapa desde el Templo 1 hasta Ikumi, moviendo la cabeza como si todos esos kilómetros andados fueran algo imposible... y lo que queda todavía ;)

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