Día 9: Wakaremichi

Quizás no fue la decisión correcta, pero seguí adelante. Me apoyé en la barandilla y me calmé mirando el mar. Esperaba que, poco a poco, esa calma llegase también a mis seres queridos.

Al contrario de lo que pensé el día anterior, al ser una habitación compartida, fue la noche que mejor dormí hasta entonces. Descansado, recogí mis cosas intentando no molestar a mis vecinos de litera. Encendí el móvil para comprobar el tiempo que iba a hacer… y vi los mensajes. 

Me fui de Madrid dejando atrás a personas cercanas con la salud delicada. Durante la primera semana de peregrinación, siempre dediqué parte de mis rezos a pedir por su salud, que parecía que estaba mejorando. Lamentablemente, no pudo ser. Hablé por teléfono con mi pareja, quien me confirmó la muerte de un familiar. Me quedé descolocado, hundido, sin saber bien qué hacer ni qué decir. 

Colgué, cogí la mochila y empecé a andar de forma automática. Paré en un konbini a comprar algo de desayunar y calenté, como si fuera un día más. Comí algo mirando el castillo de Hiwasa, recordando lo feliz que había sido al llegar a ese pueblo unas horas atrás. 

Torre del castillo de Hiwasa.

La etapa de ese día podía iniciarse por carretera o bordeando la costa por un camino de montaña. A pesar del mal tiempo, tomé la opción de montaña y abandoné Hiwasa. El camino contaba con una buena pendiente, justo lo que necesitaba. Me centré en mis pisadas, en el bastón, en el sonido de la campana… 

Dejando atrás las últimas casas de Hiwasa.

Entrada...

...y subida.

En la parte superior encontré varios miradores con vistas al océano y a los acantilados. En uno de ellos paré, lloré, respiré y recé por mi familiar y sus seres queridos. Continué y, a medida que ascendía, aumentaba la intensidad del viento. Intenté hablar con mi pareja por teléfono, pero fue imposible por el aire. Más adelante, descendí con cuidado, por un camino menos seguro que el de subida, intentando no perderme. 

Mirador Arase.

Acantilado con pequeñas islas al fondo.

Algunos rayos de luz lograron colarse entre las nubes.

La carretera me llevó, tras media hora, a un área de descanso. Por mi mente pasó la idea de dar media vuelta, volver a Tokushima y desde allí regresar a Madrid. Miré algunos mensajes, dejé mi bastón y el sombrero en un banco, y fui al mirador. Escuché a mi corazón, que me pedía tanto estar con mi pareja como continuar. Quizás no fue la decisión correcta, pero seguí adelante. Me apoyé en la barandilla y me calmé mirando el mar. Esperaba que, poco a poco, esa calma llegase también a mis seres queridos.

Carretera 147, sin túneles ni ruido.

Mirador del área de servicio.

Buscando paz en el mar.

Hablé por teléfono con mi familia, compré bebida en una máquina y retomé el camino. En vez de recorrer la carretera principal, llena de túneles y ruido, había elegido la ruta Minami- Awa Sun Line. Esta alternativa era más tranquila y segura, aunque también contaba con una mayor distancia y con una ausencia total de infraestructuras durante más de 15 kilómetros tras pasar el área de descanso. La carretera me brindó más sombra de lo esperado y solo pasó un coche cada 10 o 15 minutos. Para evitar pensar, me puse varios podcasts con los auriculares. Físicamente también estaba destrozado y notaba en las rodillas los cambios en la pendiente del camino asfaltado.  

Por eso, al llegar a un desvío, opté por continuar por una senda forestal. Nada más adentrarme en ella, me topé con un cartel que indicaba la interrupción de la senda por obras, recomendando continuar por la carretera. Por suerte, la app Henro Helper había registrado la incidencia y planteaba una “solución alternativa”: básicamente, descender a través del bosque hasta llegar a otro punto de la senda. Salté el quitamiedos y realicé dicho descenso muy despacio, dejándome caer de espaldas al final.  

Estos tramos de sombra fueron mi salvación.

Señales a ignorar bajo tu propio riesgo.

Finalmente, llegué al pueblo pesquero de Mugi. Compré algo de sushi para la cena en un supermercado y di un pequeño paseo por el puerto. Me sorprendió encontrar un centro comercial en un pueblo tan pequeño, aunque la fachada desgastada indicaba que no atravesaba su mejor momento. En su interior había algunas tiendecitas y un único restaurante… que acababa de cerrar.

Casas abandonadas (akiyas).

Vistas desde el puente Ookawa.

Centro comercial Porto.

Paré en la estación de Mugi para conseguir un sello y allí busqué un sitio para comer. Según Maps, siguiendo mi camino encontraría una cafetería llamada Kimi en menos de quince minutos. Al llegar, la luz parpadeante de la entrada me indicó que Kimi estaba abierta. Se trataba de una cafetería de estilo occidental, aunque las dos ancianas que la regentaban me sirvieron sin problema un katsu curry. Sin más clientes, las conversaciones de las dos ancianas con una amiga se mezclaban con las noticias de la televisión y los ruidos de la cocina. Mientras me preparaban la comida, me detuve a observar la estantería de mangas, de distintas épocas.

Cafetería Kimi, con su estantería de mangas.

Un poco chamuscado, pero muy rico.

Tras la comida, paré a comprar el desayuno del día siguiente y seguí con el camino. Me quedaba una última hora, pero sentía que no podía más… así que esta vez sí me decanté por recorrer la carretera principal y ahorrar un par de kilómetros. Con los auriculares, los túneles fueron más llevaderos. Durante todo el día no me crucé con ningún ohenro, lo cual no fue extraño: algunos peregrinos recurren al transporte público para ir desde Hiwasa hasta Muroto, ya que son tres días sin ningún templo que visitar, por caminos sin casi infraestructuras. 

Túnel tras túnel...

...hasta llegar a las playas.

Tren procedente de la estación de Sabase.

Sobre las 16:30 llegué a mi alojamiento, Ozuna Camp, en la escondida playa de Ozuna. Desde la terraza del camping, a pocos metros del mar, una familia australiana me saludó al llegar. Entré en el alojamiento y me atendió rápidamente la dueña, una mujer joven con su bebé en brazos. Me mostró las instalaciones y mi habitación en el primer piso. 

Si no es por el cartel...

Mi habitación para esa noche.

Playa de Ozuna.

Rápidamente, me cambié y me dirigí a la playa. Fue increíble la sensación cuando mis pies descalzos pasaron del duro asfalto a la suave arena, y después al agua. Me alejé un poco del hostel, me desnudé y me bañé, un poco más tranquilo. Tras el chapuzón, paseé por el malecón, donde todavía quedaban un par de pescadores con el sol cayendo de fondo. 

Aprovechando los últimos minutos de luz.

Ozuna Camp, a un paso de la playa.

La cena cargada desde Mugi.

Preparé unos cup noodles para acompañar el sushi que había comprado en Mugi. Mientras calentaba el agua, la chica australiana me contó un poco sobre su viaje y me invitó a cenar con ellos, aunque rechacé amablemente su oferta. Tras la cena, me tumbé en el futón y dediqué mis últimos pensamientos del día a mi familia… todavía sin haber asimilado del todo lo ocurrido. El sonido de las olas me acompañó toda la noche, ayudándome a conciliar el sueño.



En recuerdo de Goyo, descansa en paz.


INFORMACIÓN 

  • Fecha: 25 de octubre de 2024.
  • Etapa: Hiwasa (KM 153) - Ozuna (KM 176). 
  • Distancia: 33,61km.
  • Templos: --
  • Alojamiento: Ozuna Camp (reserva por Booking).

Comentarios

  1. Bufff tuvo que ser muy duro...
    Gracias por compartir estos momentos y tu pesar con nosotros.
    D.E.P

    Un abrazo!

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    1. Muchas gracias por tus palabras, Verónica. Tuve la suerte de poder sentir a mi familia cerca, a pesar de la distancia e intenté estar en todo lo posible para ellos...

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  2. Gracias por compartir tu historia con honestidad y tanto sentimiento. Era un momento para gestionar muy difícil con mucho dolor y emociones muy dolorosas. Inimaginables, sentir tú dolor. Gracias por compartirlo.
    Un beso.

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    1. Muchas gracias a ti por tus palabras y comprensión, de verdad.

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