Día 13: Kutsurogi

Seguí los carteles que me alejaron de la carretera y me adentraron en la montaña. Llegar una hora antes de su apertura oficial me permitió descubrir sin ninguna prisa el templo…

Me desperté a la misma hora de los días anteriores, aunque mi primera parada estaba bastante cerca. Desayuné un par de dulces que había comprado en la pastelería la noche anterior e hice los estiramientos en el aparcamiento del hotel antes de comenzar la etapa. Los primeros kilómetros transcurrieron por las calles todavía dormidas de Muroto, con algunas gotas de lluvia forzándome a llevar puesto el poncho.

Adiós, Muroto.

Flores cerca de la carretera 55.

Una música espeluznante salía de este invernadero por la mañana...

Para visitar el primer y único templo del día, seguí los carteles que me alejaron de la carretera y me adentraron en la montaña. El camino era sencillo, pues el templo se encontraba únicamente a 130 metros de altitud, y se notaba que estaba cuidado. No obstante, el incremento de pendiente en el último tramo y las rocas húmedas por la lluvia me llevaron a extremar la precaución, teniendo en mente la historia que el chico holandés me había contado el día anterior.

Cartel de "Henro Michi".

Paso a paso entre los árboles.

Pasadas las siete de la mañana ya me encontraba frente a la puerta principal del Templo 26 (Kongocho-ji). Llegar una hora antes de su apertura oficial me permitió descubrir sin ninguna prisa el templo… un regalo inesperado en plena naturaleza. Me senté en uno de sus bancos, a escuchar los sonidos que me rodeaban. 

Ohenro ante el salón principal.

Comenzando los ritos lavando manos y boca.

Una pequeña luz.

El Templo 26 también es conocido como “Templo del Oeste” (en contraposición al Templo 24, que es el “Templo del Este”, ambos refiriéndose a Muroto) y fue un lugar que antaño estuvo relacionado con la caza de ballenas. Toqué la campana, hice los ritos de forma pausada y paseé por los recovecos del templo hasta que apareció un monje, que me hizo el favor de atenderme antes de tiempo.

Oficina para recibir el sello

Santuario con restos de ballena.

Antes de las ocho ya había cumplido con el objetivo diario de la peregrinación, pues el siguiente templo se encontraba a casi 30 kilómetros de distancia. Descendí desde el Templo 26 por otra ruta, en peores condiciones que la de subida. En un punto fui incapaz de orientarme y casi tomé un desvío erróneo, cuando un amable granjero con su “tractor” me indicó el camino correcto.

Pequeño santuario en los alrededores.

Comité de despedida.

¡Mil gracias, buen hombre!

Ya en la carretera, continué otro par de kilómetros hasta la aldea de Kiragawa. El estómago me avisó de que podía ser una buena oportunidad para conseguir algún dulce para un tentempié y callejeé hasta un edificio catalogado como “pastelería” en Maps. El aroma cálido del horno me hizo salivar al acercarme al mostrador. Una obaasan subió lentamente las escaleras al escucharme llegar y me devolvió rápidamente a la realidad: se trataba de una panadería, por lo que no había dulces… Como olía tan bien, me compré dos rebanadas de pan de molde recién hechas y, como osettai, dos mandarinas, por lo que no me pude quejar.

Olía dulce...

...aunque solo me pude llevar algo de pan.

Mientras me comía una de las rebanadas, visité la aldea de Kiragawa, donde se conservan numerosos edificios tradicionales. En las fachadas era posible observar algunos elementos arquitectónicos diseñados específicamente para hacer frente a los tifones, como tejas drenantes o paredes revestidas con un material blanco impermeable conocido como “yeso Tosa”. 

Calle principal de Kiragawa...

...y su "calle antigua".

En una de sus calles tradicionales existen varios edificios abiertos al público, que funcionan como pequeños museos. Desde uno de ellos, una pareja de ancianos, la familia Ota, me invitó a sentarme a su lado. Esta pareja estaba haciendo el camino de Shikoku por segunda vez, pero en sentido antihorario, y se emocionaron mucho al saber que yo era de España, ya que hasta entonces no se habían cruzado con ningún español. Compartimos algunas experiencias y nos deseamos suerte para el resto del camino.

Una de las "casas museo" de Kiragawa.

Exposición de muñecas.

Con la familia Ota.

La conocida como “calle antigua de Kiragawa” termina en el santuario Kotohira. Totalmente vacío, busqué un banco para tomarme en silencio el almuerzo y un cacao caliente. Después, salí de Kiragawa por su calle principal, repleta de casas tradicionales de madera e incluso con bastantes comercios abiertos: tiendas de alimentación, de ropa y hasta una relojería.

Santuario Kotohira.

Contrastes en Kiragawa.

La ruta me llevó por mi querida carretera 55, aunque al poco tiempo me desvié de nuevo hacia otra aldea: Hanecho. En su entrada, una empresa privada había habilitado uno de sus baños para que pudiera ser utilizado fácilmente por los peregrinos… otra forma de osettai. Cruzando el pueblo, una música comenzó a inundar las calles, proveniente de algún megáfono. Al girar una esquina encontré su origen, una furgoneta aparcada en una gasolinera. Sin embargo, no era una furgoneta normal: de ella bajó un trabajador, que abrió los laterales para mostrar distintos productos de comida y bebida… ¡un combini móvil! Avisados por la alarma musical, algunos vecinos, principalmente personas mayores, se acercaron al combini para hacer sus compras. 

Llevando la bici a pie a causa del fuerte viento.

Pensando en los peregrinos.

¡Que viene el combini!

En las afueras de Hanecho, ante una bifurcación opté por seguir por la carretera en vez de tomar una ruta de montaña. La carretera 55 me permitió descansar un poco las piernas, volver a andar cerca del mar y visitar el santuario Ryugu. Mientras admiraba su torii rojo frente al mar, una mujer aparcó su coche cerca para rezar brevemente en el santuario. Tras su marcha, decidí imitarla y dedicar nuevamente una oración a mi familia. 

Playa de arena negra.

Santuario Ryugu.

Ohenro y torii frente al mar.

La última hora, ya en la ciudad de Nahari, se me hizo dura. Sentía que mi cuerpo aguantaba cada vez menos y tuve que hacer algún descanso. Llegué al hotel Nahari a las 14:00, una hora antes de poder hacer el check-in, por lo que fui directamente al restaurante. Un acierto, ya que todavía estaba abierto y tenían un menú de comida por mil yenes con ramen y un don (bol de arroz) con karaage (pollo frito). 

Entrada en la ciudad de Nahari por la carretera 55.

Llegando al hotel.

Mi nuevo amigo, el "atunigrino".

Al acabar, el recepcionista fue a buscarme al restaurante para avisarme de que mi habitación estaba preparada. Mi plan era salir a dar una vuelta por la tarde para conocer un poco Nahari, pero escuché a mi cuerpo y acepté que era el momento de sentir kutsurogi; es decir, de relajarme y descansar. Leí un poco en la habitación y planifiqué la ruta del día siguiente. 

Pidiendo cinco minutos antes del cierre de la cocina, por los pelos.

Ya hacía falta un ramen.

Mi habitación para esa tarde de descanso.

Pasadas las cinco, me puse el yukata para visitar el onsen del hotel, en un edificio anexo de madera. Esta había sido una de las razones por las que había cambiado de alojamiento en Nahari, y aun así me sorprendió lo bonito que era por dentro. En cuanto dos chavales un poco ruidosos se fueron, disfruté del baño en el rotemburo mientras caía una fina lluvia. 

Accediendo al edificio de los baños.

Antesala con curiosos carteles.

Desde el rotemburo.

Menú de meguro no tataki.

La segunda razón la volví a recordar a la hora de la cena: su restaurante. En concreto, pedí uno de los platos más recomendados del hotel: meguro no tataki, cortes de atún braseados, acompañados de frituras, miso de atún, arroz, sopa y fruta… sencillamente delicioso. Regresé a mi habitación, me tumbé en la cama y no tardé mucho en quedarme dormido... la tarde de relajación había dado sus frutos.


¡Hasta la próxima!

また!


INFORMACIÓN 

  • Fecha: 29 de octubre de 2024.
  • Etapa: Muroto (KM 236) - Nahari (KM 259).
  • Distancia: 26,43km.
  • Templos: T26.
  • Alojamiento: Hotel Nahari (reserva por página web).

Comentarios

  1. Pintaza la cena (y comida) y el rotenburo!! Un merecido descando!!!

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    1. ¡Gracias! Menos mal que se quedó libre una habitación, porque si me hubiera alojado en el otro sitio dudo que hubiera tenido la energía para ir hasta el hotel y me habría quedado sin su onsen y sin su restaurante...

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