Día 14: Fuwafuwa

Antes de dormir, mientras hojeaba el libro de mapas, revisé todas las fotografías que había realizado ese día y sonreí. La visita al templo, Aki, la bici... como en una nube todo el día.

Me desperté a las cinco, un poco antes que otros días, pero quería llegar al templo a primera hora, para evitar a posibles grupos de visitantes. Desayuné un par de mandarinas que había guardado de un osettai y un poco de té verde del hotel, que solía estar disponible en las habitaciones junto con un calentador. Recogí mis cosas, estiré en la entrada del hotel y me despedí del atunigrino.

Animalitos y otros seres que te acompañan por la noche.

Decenas de personajes decoran la parte inferior del tren.

¡Hasta la próxima, Nahari!

Mi camino comenzó todavía de noche. Como en otros pueblos de Shikoku, en Nahari no abundaba el alumbrado público, así que agradecí tener mi luz frontal a mano para esa primera hora. Como la tarde anterior me había quedado descansando en el hotel, tomé un breve desvío hasta la estación de tren de Nahari, para ver si había algún sello disponible… pero no lo encontré, seguramente estaría en la oficina, que a esas horas seguía cerrada. Subí igualmente al andén y vi el primer tren llegar. Se subieron un par de estudiantes… ¿irían quizás hasta Kochi, una de las cuatro ciudades principales de Shikoku?

Las primeras luces del día se reflejaban en el agua...

...se mezclaban en el asfalto...

...e iluminaban cada rincón.

Salí de la estación y retomé el camino. La noche fue desapareciendo, dejando espacio a un tímido sol entre las nubes. Paré varias veces sencillamente a mirar el cielo y a sacar alguna foto, mientras disfrutaba de la suave brisa reservada a los que madrugan. Tras cruzar un gran puente, llegué al pueblo de Tano, donde me alejé de la carretera principal hasta llegar a la playa. ¿Se trataba de un antiguo barrio de pescadores? Algunas personas ya estaban levantadas, y me saludaron al pasar. Allí hice un breve resayuno: un café caliente de Georgia (mi favorito) y el último dulce que me quedaba de la pastelería de Muroto.

Tiendas cerradas y un camino que deja atrás la carretera. 

¿Cúanto me gasté en cafés Georgia?

Sonido de olas al romper suavemente y gente despertando tranquilamente en sus casas.

Seguí quince minutos por la playa, atravesé un cementerio y acabé de nuevo en la carretera 55. El primer tramo fue bastante tranquilo, casi sin coches, y me permití desviarme de vez en cuando para investigar algún santuario o cartel curioso. Sin embargo, sobre las siete de la mañana, noté una mayor afluencia de coches y de camiones, acabando con la tranquilidad que hasta entonces reinaba.

Visita temprana al cementerio.

De vuelta a la carretera 55, con el océano a mi izquierda.

Vigía del mar y del cielo.

Siguiendo las indicaciones de Henro Helper, salí de la carretera principal para adentrarme en el pueblo de Yasuda. Todavía quedaban varios kilómetros, pero había leído en varios grupos de Facebook que era recomendable dejar la mochila en el pueblo, ya que el camino hasta el templo era de ida y vuelta desde el pueblo. En concreto, señalaban la posibilidad de dejar las cosas en una tienda que abría pronto por la mañana. Me sorprendió la escasa amabilidad de la dueña, que me lanzó una mirada un poco desagradable cuando le realicé mi petición en japonés… aunque me permitió dejar mi mochila en el exterior de su tienda.

Entrada al pueblo de Yasuda.

A la izquierda, la tienda donde quizás poder dejar la mochila.

No te vayas con desconocidos, por favor.

Me preparé la bolsa blanca de ohenro con los elementos para realizar los ritos, la libreta y un poco de agua, y partí. A los diez minutos, se me ocurrió repasar mentalmente todo lo que podía necesitar en el templo y me di cuenta de que me había dejado la cartera. Di media vuelta y apreté el paso, mientras me imaginaba sentado en la puerta del templo pidiendo yenes al resto de peregrinos para pagar el goshuin si hubiera caído en la cuenta al llegar allí. Recibí otra mirada simpática de la dueña y rehíce el camino.

Desde el pueblo había que recorrer tres kilómetros con una pendiente de hasta el 15%, por lo que entendí la recomendación de dejar las cosas. El camino era una carretera en muy buen estado, rodeada de árboles y con algunos tramos de subida por bosque para atajar. Ascendí alegremente, respirando el aire fresco… cuando un nuevo pensamiento cruzó mi mente: ¡me había dejado el gorro atado en la mochila! A primeras horas de la mañana no era necesario, pero a mediodía podía ser un peligro si el camino no tenía las suficientes sombras… Durante un rato me obsesioné con este temor, buscando posibles soluciones como utilizar la camiseta como protector, aunque teniendo claro que no iba a volver una vez más a la tienda sin haber visitado el templo.

Fácil, tranquilo y con sombra.

Atajos para recortar las curvas de la carretera.

Entradas al templo y al santuario.

Sobre las ocho y media llegué a las puertas del Templo 27 (Konomine-ji). Y sí, en plural, ya que al lado del sanmon del templo había un torii que indicaba la entrada al santuario Konomine. Dejé el bastón en su lugar designado, me lavé manos y boca y realicé el resto de los ritos en silencio, pues no había casi nadie más allí. 

El Templo 27 aparece en la guía como uno de los más bellos de la peregrinación y, aunque pude entender su atractivo (con sus salones en distintas alturas, barandillas rojas y jardines cuidados), me pareció un poco artificial… ¿quizás fue por el corte perfecto de los setos? 

Edificios del templo en su altura inferior.

Distintas ofrendas, como flores o un peluche.

Estatua de Kukai.

Decidí visitar otros lugares próximos al templo, comenzando por el santuario. Había que ascender otros 130 metros de altura, pero valió la pena. Un camino de piedras enmarcado en el bosque me condujo hasta unas impresionantes escaleras, en cuyo extremo se encontraba el santuario Konomine. Quizás menos bonito, pero a mí me hizo sonreír más que el propio templo…

El serpenteante camino empedrado...

...guía hasta la imponente escalera de piedra, enmarcada por árboles centenarios...

...hasta llegar al santuario, dominado por el musgo y el paso del tiempo.

Durante la búsqueda de información sobre esta etapa la tarde anterior, había leído recomendaciones favorables sobre un observatorio situado todavía a mayor altura. En un principio no tenía pensado visitarlo, pero me sentí cargado de energía (quizás tuvo algo que ver el no cargar con toda la mochila) y cambié de opinión. El ascenso hasta el observatorio fue un poco accidentado, ya que me perdí un par de veces debido a las confusas indicaciones, pero conseguí llegar.

Ojito que resbala.

Para mí, los primeros destellos de momiji de la peregrinación.

Escondidas, una cabaña y la atalaya.

El observatorio era un edificio similar a las torres destinadas a proteger a la población de los tsunamis, pero construido únicamente en piedra. Mientras escalaba sus tres pisos, dudaba que las vistas en mitad de la nada fueran a valer la pena… pero me equivoqué. Desde su última planta se podía observar, más allá de los árboles, la costa que había estado recorriendo. Además, las nubes bajas rodeaban la torre, como si en vez de tres pisos hubiera subido treinta y me encontrase en el cielo. Estuve media hora correteando por el mirador, haciendo fotos y disfrutando de un regalo tan inesperado.

Observando orgulloso el camino recorrido. 

Fuwafuwa, esa sensación de flotar entre las nubes, ligero y sin prisa.

Entonces fue el momento de descender: del mirador al santuario y del santuario al templo. En el templo conseguí el sello correspondiente, y descendí del templo al pueblo. Durante la bajada me crucé primero con Marten y después con Bruno, y les recomendé la subida hasta el observatorio si tenían suficiente energía. En el último tramo de bajada, aunque había menos sombras en las que cobijarse, el sol fue bastante benévolo, y me reí para mis adentros de lo mal que lo había pasado en la subida temiendo ese momento.

Panel sobre la peregrinación en el lateral del Daishido.

Iluminado por la luz del mediodía.

Ohenros iluminados por Kukai y por una divinidad.

Recogí en silencio mi mochila para evitar una nueva mirada acusatoria de la dueña de la tienda y retomé mi querida carretera 55. Había planificado una pequeña parada para almorzar a veinte minutos de allí, en un puesto de takoyaki… que, como era costumbre, también estaba cerrado. A pocos minutos había otro establecimiento, también cerrado, pero con una máquina expendedora: compré un Calpis para acompañar a mis frutos secos, y descansé mientras me echaba crema solar.

¿Le llevaría a alguien esa manzana?

Bordeando el océano para no perderme.

Campos amarillos de la prefectura de Kochi.

Acabado el tentempié, la carretera 55 me llevó tras una hora a uno de los lugares más curiosos de la prefectura Kochi: la cueva Ioki (empieza con i, no con l). Se trata de una cueva natural marina con un valle en su interior, donde es posible encontrar fósiles de conchas y una colonia de helechos declarada monumento nacional. También hay varios recorridos que se inician en su interior, pero debido al cansancio solo visité el valle.

Cueva Ioki con bajo nivel de agua, pero cuidado con las serpientes.

Welcome... to Ioki Park.

No hubo dinosarios, pero sí dos estatuas de un señor con bombín... curioso.

Salí de la cueva y, en menos de media hora, estaba en el pueblo de Aki, donde dormía esa noche. Aunque era pronto, me acerqué a mi alojamiento, Kochi no ya, para intentar dejar la mochila. La puerta principal estaba abierta, pero no encontré a nadie en su interior. No me sentía cómodo dejando nada sin antes avisar, así que no tenía claro qué hacer… Salí a la calle principal y me topé con un chico joven que parecía que iba a entrar. Le expliqué mi situación y llamó a la dueña, que me confirmó que podía dejar las cosas sin problema, indicándome mi cuarto.

Entrando en Aki.

Kochi no ya.

Mi habitación para esa noche.

Nuevamente sin mochila, y con ropa limpia, me dirigí a la oficina de turismo de Aki. Allí me atendió una señora muy maja, pero que no tenía ningún sello que poder ofrecerme. Me informó sobre el alquiler de bicicletas que ofrecían tanto ahí, como en el mercado, donde era gratis. Fui primero a la estación, donde me dieron una caja con dos decenas de sellos. Como un niño pequeño, examiné todos y utilicé los que más gracia me hicieron. Tras rellenar mi libreta, fui al mercado, donde me dejaron una bicicleta durante tres horas.

Estación de tren y mercado local.

¡Bienvenido a Aki!

Los sellos eran los mismos personajes que decoraban el lateral de los trenes.

Y el trenecito hizo parada en la estación.

¡Menuda gozada! Tengo muy asociado Japón a ir en bicicleta, ya que cuando vivía en Tokyo la utilizaba todos los días, y estaba deseando recorrer algunos pueblos de Shikoku en bici. Al contrario de lo que pensaba, con el pedaleo el cansancio en mis piernas no aumentó, sino que desapareció. Parecía que esos músculos tenían ganas de hacer un esfuerzo distinto a caminar. Primero recorrí algunas calles de Aki sin rumbo fijo, con la idea de acostumbrarme a la bici y a conducir otra vez por la izquierda. En una de las calles había un puesto que olía muy bien y compré curry pan y unas galletas, para la cena.

Puesto de curry pan.

Olía demasiado bien para decir que no.

Eso no es un churro...

Ya con la bici domesticada, fui a las afueras de Aki, por donde pasaría el día siguiente. Cerca del puerto estaba Aki Shirashu, un restaurante del que hablaban bien para probar el chirimen don: alevines de sardinas o pescados similares secados al sol acompañados de arroz. Además, el menú incluía sashimi de atún y okisawara, perfecto para degustar el pescado de la zona.

Restaurante Aki Shirashu.

Chirimen don y otros manjares.

Por si eso no era suficiente, a cinco minutos del restaurante se encontraba la heladería Yakinasu. La principal característica de esta heladería es su peculiar gama de sabores: desde berenjenas a la parrilla hasta algas y agua de mar o calabaza cultivada localmente. Yo fui muy conservador y finalmente opté por sorbete de yuzu y helado de matcha, que disfruté tranquilamente en su terraza, descansando los pies en un taburete.

Ahora me arrepiento de no haber probado alguno de esos sabores...

Fuwafuwa, tan suave y liviano que se derretía con mirarlo.

Tras el postre, me puse la banda sonora de la película Kimi no Na Wa (Your Name) en mis auriculares y recorrí el pueblo con la bici. Las calles tranquilas de Aki acompañadas por los acordes de Radwimps me generaron una paz y felicidad difícil de explicar, pero que me hicieron sentir como en una nube. Pedaleé por calles aleatorias, cruzándome principalmente con estudiantes que acababan de salir de clase. 

¡Hanshin Tigers!

Estudiantes regresan a sus pueblos tras las clases en Aki.

¿Mitsuha y Taki?

En la última hora visité algunos de los lugares más famosos del pueblo. Me dirigí al norte de Aki, a las afueras del casco urbano, siguiendo varios caminos entre plantaciones e invernaderos. Mi primer destino fue la casa de Yataro Iwashaki, fundador de Mitsubishi, en la que se podía observar el símbolo característico del grupo empresarial. 

El camino no tiene pérdida.

Casa de Iwasaki Yataro durante su infancia.

Símbolo de Mitsubishi en la pared del almacén.

Iwasaki san, fundador de Mitsubishi.

El sol caía rápidamente mientras llegaba a mi segundo destino, las ruinas del antiguo castillo de Aki. Únicamente se conservan algunos muros bajos, pero sigue siendo una visita muy recomendada, tanto por albergar el Museo de Historia de Aki, como por el paseo por sus terrenos. Aparqué la bici fuera del recinto y subí, con ayuda de un bastón que se podía coger al inicio del camino, la colina interior del castillo. En los distintos niveles de la colina quedaban más restos de la fortificación y, entre la arboleda, pude observar como el pueblo se teñía de naranja. 

Museo de Historia de Aki.

Murales de samurais.

Entrada y foso del castillo, ahora habitado por plantas.

Cerca del castillo está situado el barrio samurái de Daikachu, donde se puede visitar el interior de algunas de sus casas. Ya estaban cerradas cuando yo llegué, pero al menos pude disfrutar del atardecer ante el símbolo de Aki: el reloj Nora Dokei. Apuré todo lo posible el tiempo con la bici y, poco antes de las cinco, llegué corriendo al mercado para devolverla. 

Nora Dokei.

Aki, una joya oculta en Kochi.

Tras andar, para descansar... coger una bici.

Ya de noche, me quedé un rato a los pies de la estación observando los trenes. Paré en un combini para comprar una ensalada para acompañar el curry pan de la cena y volví a Kochi no ya. Todavía tenía un par de horas antes de cenar, así que puse una lavadora y hablé un poco con las personas del alojamiento. La dueña me ayudó a comprobar que no había problemas con mi próximo alojamiento, pues lo había reservado yo por teléfono en japonés y tenía mis dudas. Su marido sacó una bolsa con golosinas y me regaló una de ellas como osettai para los peregrinos. 

Vienen, van.... vienen, van...

Kuroneko, siempre cerca.

La carretera 55 atravesando Aki.

Había otro huésped más en la sala de estar. Era un chico joven que también estaba haciendo el Camino de Shikoku, pero que iba reservando sus alojamientos día a día… y estaba bastante agobiado, porque para el día siguiente no encontraba ningún alojamiento disponible. La dueña estuvo llamando a alojamientos hasta que, por suerte, dieron con una habitación libre. Los dos compartimos nuestro método para organizar las jornadas: yo le hablé de la app de Henro Helper y él me enseñó un libro de mapas de la peregrinación. Aunque me pareció mucho más práctica la aplicación, cogí una copia que tenía el alojamiento del libro e hice fotos de las siguientes etapas para comparar… quién sabía si me podría ser útil.

Faltaba una huésped más y los dueños estaban preocupados, pues era raro que un ohenro llegase tan entrada la noche al alojamiento. Llamaron varias veces por teléfono a la chica, sin éxito alguno. Sobre las ocho, mientras yo ya estaba cenando, la huésped finalmente llegó. Se disculpó repetidamente ante los anfitriones y se desplomó sobre el sofá para descansar las piernas. ¿Desde dónde vendría andando? Acabé mi cena y me fui a mi habitación a descansar. Antes de dormir, mientras hojeaba el libro de mapas, revisé todas las fotografías que había realizado ese día y sonreí. La visita al templo, Aki, la bici... como en una nube todo el día. 


¡Hasta la próxima!

また!


INFORMACIÓN 

  • Fecha: 30 de octubre de 2024.
  • Etapa: Nahari (KM 259) - Aki (KM 280).
  • Distancia: 34,37km.
  • Templos: T27.
  • Alojamiento: Hostel Kochi-no-ya (reserva por página web).

Comentarios

  1. Uooooo Aki!!! Que ilusión leer esta etapa! Está en mi itinerario por recomendación tuya🤭
    Y sabes? Tardé en ver que era Ioki y no Loki jajajaja me he reído mucho con tu comentario 🤣 porque me pasó...

    Por cierto, n ovamos a decirle a Jordi, la dr sellos que hay en la estación 🤭

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    1. Con Aki no soy nada objetivo, es un sitio al que le tengo mucho cariño, espero que os guste a vosotros también.
      ¡Está claro que lo de la pronunciación de Ioki es inevitable! Al final de la peregrinación fui a un templo que se llama Yoda y tuve que comprobar mil veces que lo estaba leyendo bien...
      Lo de los sellos es que es genial, además, cada vez que encontraba una de las mascotas por los pueblos cercanos (como a Nasubi-san, el día siguiente), no dejaba de recordar: "Ay, había un sello también de este bichito y no lo cogí, qué mal"... pero es que en su momento 20 sellos de una misma estación me pareció demasiado, claro...

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