Día 15: Kuchisabishii

Quizás me hubiera sentido culpable por haber hecho tantas pausas sin una finalidad … pero como tenía que comer, me permití otro descanso junto a la playa.

Me desperté, quizás por el ruido de alguien que iba al baño, y vi que todavía eran las tres de la mañana. Me costó volver a dormirme, así que retrasé la hora de levantarme para intentar descansar algo más. Recogí todo, desayuné un té cortesía del establecimiento y las galletas en forma de oso panda que había comprado en el puesto de curry pan

Desayuno de ohenro previsor.

Dije adiós al alojamiento y a Aki con una sonrisa… ¿quién me hubiera dicho que le iba a coger tanto cariño a un pueblo en el que había pasado una tarde? Dejé la carretera principal para callejear hasta llegar a la costa, lo que me permitió descubrir que en Aki había incluso un Daiso, justo lo que le faltaba para alcanzar la perfección.

Aki no se había levantado todavía.

Una vez pasado el puerto, y la heladería que había visitado el día anterior, la app de Henro Helper recomendaba tomar un carril bici, que ocasionalmente se separaba de la carretera 55, escapando en cierta medida del ruido de los coches. Algunos de los tramos del carril estaban muy deteriorados o cubiertos de plantas, lo que me hizo cuestionarme si era más utilizado por ohenros a pie que por ciclistas.

¿Carril ohenro?

Tras una hora, salí momentáneamente del carril para visitar el pueblo de Ananai, pues a solo cinco minutos había una estación de tren. Tenía la esperanza de encontrar allí algún sello, pero rápidamente se desvaneció cuando comprobé que la estación era la típica de los pueblos del inaka japonés: sin personal trabajando en ella, con el revisor dentro del propio vehículo. Cotilleé los andenes y justo llegó un tren, repleto de estudiantes que, en mi mente, iban al colegio de Aki que había visto el día anterior. Como una vaca, me quedé mirando el tren hasta que partió y, solo entonces, yo partí también.

No es solo una berenjena, es Nasubi-san.

Ánimo con las clases.

Neko-chan, ojalá mi compañero de peregrinación.

El carril bici me siguió llevando hasta mi destino, transcurriendo por paisajes cambiantes: a veces el mar quedaba oculto y el carril se estrechaba y quedaba rodeado por árboles, mientras que otras veces se despejaba y me acercaba más de lo deseado a la carretera 55, yendo paralelo a esta. Durante varios tramos, el carril pasaba por debajo de las vías del tren y, en un par de ocasiones, se encontraba rodeado de pequeños vertederos, casas abandonadas o lo que parecían ser chabolas. Una de estas construcciones parecía ser un antiguo espacio para permitir a los ohenros recuperar sus fuerzas, aunque por el polvo y los matojos presentes no tenía claro cuánto tiempo llevaría sin el correcto mantenimiento.

Entre el mar y la carretera, deseando más uno que otro.

Entre casas, atravesando barrios desde las alturas.

Entre árboles, llegando a la entrada a otro mundo.

Entre recuerdos, encontrando muestras de cariño hacia los ohenros.

Al cruzarme con una cafetería, Sansan, no pude evitarlo y entré. Ya que no podía recuperar mis horas de sueño, me conformé con paliar el cansancio con algo de cafeína. Además del café, tomé un par de cookies que estaban estratégicamente colocadas en un mostrador en la entrada y una mandarina que el dueño me dio como osettai. El espacio, con dos pares de mesas de madera y paredes claras, podía haber sido el de cualquier cafetería de no ser por un elemento: los dibujos. El dueño había colgado dibujos de todos los templos de Shikoku, acompañados por personajes icónicos de la cultura pop japonesa. Me entretuve un rato mirándolos, especialmente los que representaban aquellos lugares donde ya había estado y, sin darme cuenta, los recuerdos de las dos primeras semanas me dieron un empujón para seguir. 

Cafetería Sansan.

Para despertar, un café bien cargado.

Primeros doce templos, todavía en Tokushima.

El sonido de mi bastón y la campana fueron mis únicos compañeros durante un largo tramo. Aunque algo monótona en ocasiones, agradecí la sencillez de la etapa. Un puesto de takoyaki, evidentemente cerrado, me dio la bienvenida a la ciudad de Konan, donde se encontraba el templo que debía visitar ese día. Noté más bullicio que las horas anteriores, llegando a compartir por primera vez el carril con dos chavales en bici.

¿Encontraré algún día un puesto abierto?

Mucho más cuidado el carril bici al entrar en Konan.

Estatua de Sakamoto Ryoma, se nota la cercanía a Kochi.

En la playa Ya Sea Park, me senté en un banco a tomar las galletas que me habían regalado los dueños de Kochi no ya, aunque realmente no tenía hambre. En japonés existe un término para definir esta situación: kuchisabishii, cuando no se come por necesidad, sino para saciar otra carencia.  ¿Soledad? ¿Estrés? En mi caso, creo que era simplemente cansancio acumulado. Quizás me hubiera sentido culpable por haber hecho tantas pausas sin una “finalidad” … pero como “tenía” que comer, me permití otro descanso junto a la playa.

Compartiendo una mañana en la playa con su amiga...

...su pareja...

...o con su tabla de surf.

La ruta transcurría paralela al mar. En pocos minutos, desapareció la calma presente en la playa, atrapándome la fuerza con la que las olas chocaban con las piedras. Sonreí al sentir el viento y el olor del mar, y observé emocionado el movimiento furioso del agua. 

Cielo y mar, en sintonía.

Sin tregua.

Entonces, tras tantas horas juntos, me separé del carril bici y tomé senderos secundarios por el pueblo, siguiendo la ribera del río Monobe. Las montañas empezaron a adornar mi horizonte y, como si el propio camino quisiera asegurarse de que estaba prestando atención, en la cima de una de ellas surgió una construcción. Al principio no creía lo que estaba viendo, pero al acercarme se despejaron las dudas: ¡un castillo occidental! Lo localicé en internet, era el Château Sampo, un castillo de estilo español construido hace 50 años como parte de un proyecto turístico que acabó fracasando…

Tanuki con lechuza.

¡Cuidado en el cruce!

Río Monobe.

Château Sampo, lo que pudo ser y no fue.

Agotado, alcancé un 7-Eleven que por suerte contaba con espacio para comer en un lateral. Dejé las cosas y fui a servirme: un plato de curry indio con pollo (el mismo que tomé la noche antes de comenzar la peregrinación), unos snacks que compraba cuando vivía en Tokyo y un café. Con parsimonia, saboreé mi plato recién calentado y, al acabar, eché un vistazo por el combini… la abundante publicidad de Halloween me hizo imposible no comprar unos dulces para la ocasión. 

Omakase de 7-Eleven-sama.

Dulces y Halloween.

Meses después, mi hermano me trajo de Japón justo uno de estos mangas.

El recorrido hasta el alojamiento era una de esas carreteras de las cuáles acostumbraba a huir, dominadas por el tráfico y el ruido. Sin embargo, con poco más de media hora de trayecto, decidí que era mejor no perder el tiempo intentando buscar alternativas. Poco antes de llegar, vi un ohenro en bicicleta en sentido contrario, que se acercaba velozmente hacia mí. Le dejé paso y, al alcanzarme, me saludó efusivamente y me dio varios caramelos sin pararse.  Le agradecí el inesperado osettai y le deseé suerte en su camino… uno de esos encuentros breves, pero que hacen ilusión.

Combinis con mesas, gracias por existir.

A lo lejos ya, el ohenro ciclista.

Randoseru, ese clásico japonés.

Por fin, llegué a Kiraku, mi alojamiento para esa noche. Miré por las ventanas y no vi a los dueños, pero no pasaba nada: habían dejado una pizarra en la puerta con las instrucciones. Identifiqué mi nombre (“Janieru”, bastante bien), y subí a la habitación situada al otro lado del edificio. Parecía que había sido el primero en llegar, así que fui directo a la ducha y a tumbarme un poco en el futón.

Kiraku.

Habitación 201, wakarimashita.

Anpanman, protector de las escaleras.

Por la ventana se veía la subida al templo.

A las 16:00, me puse el hakui sobre el pijama, que era de tonos claros, y bajé a visitar el Templo 28 (Dainichi-ji), que se encontraba a escasos 5 minutos de Kiraku. Como esperaba, a esas horas el templo estaba prácticamente vacío. Aun así, lo primero que hice fue conseguir el sello, para evitar sustos. Después fui al santuario adyacente y, por último, cerca de la hora de cierre, a los salones principales. Si bien los edificios eran claramente de nueva construcción, el templo me resultó muy agradable: pequeño, rodeado de naturaleza, tranquilo… 

Acceso al santuario.

Ohenro frente al salón principal.

Velas, incienso y oración.

De vuelta al alojamiento, la dueña me recordó la hora de la cena. Estuve en la habitación preparando la ruta del día siguiente y al dar las seis bajé al comedor. Fui el segundo en llegar y, frente a mí, me esperaban numerosos platos de comida casera. Mientras cenábamos, la dueña se presentó, dijo unas palabras en japonés y comenzó a tocar el piano. Nos fuimos animando con cada pieza, que la dueña además acompañaba cantando. La última canción fue a capela, creo que con el objetivo de desearnos a los ohenros suerte en el camino, debido a las lluvias que se avecinaban. 

Itadakimasu.

La dueña al piano.

¿Funcionará la canción para evitar las lluvias?

En total éramos seis o siete personas. Conversé un poco con el hombre de la mesa de al lado y, cuando dije que venía de España, se sumó a la conversación una pareja. Curiosamente, la chica era jugadora de golf profesional y llevaba un mes estudiando español en Duolingo, por lo que tenía ganas de decir alguna de las frases que había aprendido. Al acabar, como no podía ser de otra forma, la dueña nos regaló como osettai unos manjuu rellenos de anko. Yo me lo guardé para el día siguiente… parecía que mi kuchisabishii ya se había calmado.


¡Hasta la próxima!

また!


INFORMACIÓN 

  • Fecha: 31 de octubre de 2024.
  • Etapa: Aki (KM 280) - Konan (KM 308).
  • Distancia: 30,69km.
  • Templos: T28.
  • Alojamiento: Kiraku (reserva por teléfono).

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