Día 18: Yosakoi

El foco del evento era un baile propio de Kochi, con un estilo más desenfadado y alegre. Y cuando el primer grupo actuó, quedé totalmente capturado.

Los ronquidos y las luces me despertaron varias veces, pero conseguí aguantar en la cama hasta las seis de la mañana. Recogí todo y salí por la puerta de atrás del hostel, sin sentir una pizca de pena al pensar que no regresaría a ese alojamiento. Mi último trayecto en el Tosaden me dejó a quince minutos de la estación de tren de Kochi, en una calle repleta de estatuas de Anpanman. En la estación, dejé la mochila en una taquilla (apuntando bien número y contraseña) y compré en un combini las entradas para una exhibición a la que quería acudir al acabar la peregrinación. 

Buenos días, Kochi.

El tren de Anpanman en la estación...

...y el tranvía en su parada.

A las siete y media me acerqué al inicio del mercado dominical de Kochi: una multitud de puestos colocados en dos hileras a lo largo de la avenida que conecta la estación con el castillo. Me recordó inmediatamente al mercadillo del pueblo donde veraneaba de pequeño, Lo Pagán, y me sentí un poco como en casa. A primera hora, los visitantes del mercadillo parecían personas mayores, que acudían con sus bolsas para comprar verduras, fruta y algo de pescado. Di varias vueltas, callejeando entre los puestos, para poder ver todos con calma.

Quien madruga aprovecha la sombra.

Puesto de chirimen.

Preparando los últimos paquetes.

Todo perfectamente dividido.

De algunos de estos puestos emanaban olores deliciosos, de comida recién preparada, que hicieron rugir mis tripas y me recordaron que todavía no había desayunado. Aunque unos boles de udon llamaron mi atención, finalmente me decanté por los yakitoris: salchicha, panceta, queso con beicon y tendones. Como un lugareño más, aproveché para hacer alguna compra adicional: piezas de sushi para la cena, mochis para el desayuno… y un pan en forma de sombrero, que me hizo mucha gracia.

Puesto de okonomiyaki.

Imposible decir que no a esas brasas.

Mochis para el desayuno.

Sirviendo udon a diestro y siniestro.

Hice una pausa en los alrededores del castillo, para descansar las piernas. Por tercer día entré en sus terrenos: frente al misterio de la primera noche y a la calma de la tarde anterior, esa mañana el castillo presentaba una faceta más vívida, quizás por el buen tiempo y la gente que, animadamente, había reservado su domingo para visitarlo. Un turista coreano, que hablaba un español más que decente, me sacó amablemente varias fotos en una explanada situada antes de llegar a la torre principal. 

Slice of life.

Tres días, tres visitas.

Ohenro y su castillo.

Mientras descendía las escaleras, se me acercó un guardia del castillo. Me preguntó por la peregrinación y, orgulloso, me dijo que él la había completado dos veces, deseándome mucha suerte en el resto de mi camino. Me hicieron tanta ilusión sus palabras que no pude evitar pedirle que nos hiciéramos una foto juntos, ¡qué amable la gente de Kochi! Eché un último vistazo a la torre del castillo (aunque ahí sí sabía que regresaría en otro momento) y me detuve a observar a un grupo de personas de la universidad de Kochi, que tras un discurso comenzaron a cantar en coro.

Todo bien cuidado.

Dos peregrinos con sus uniformes.

¿Algún aniversario?

Di otro paseo por el mercado, hasta llegar nuevamente a la estación. La plaza ya se había comenzado a llenar de participantes y curiosos, pues esa mañana tenía lugar el evento “Yosakoi returns”. El Yosakoi es un tipo de baile que deriva del Awa Odori, propio de Tokushima, pero con un estilo más desenfadado y alegre. En verano se organiza un gran festival en la ciudad de Kochi en el que este baile es el gran protagonista, mientras que a lo largo del año se realizan pequeños eventos para mantener en activo a sus participantes. 

Así es como ha de vestir un fotógrafo.

De vez en cuando, algún aviso desde el escenario.

Van llegando los grupos.

El día anterior se canceló el evento por lluvias... parece que no va a volver a pasar.

Busqué una silla vacía frente al escenario y me relajé un rato, pues todavía estaban llegando los distintos grupos, con miembros de todas las edades. Me escapé un segundo al combini de la estación para comprar una Sapporo y saboreé el primer sorbo bajo el sol… qué buen tiempo para ser principios de noviembre. Los puestos de comida, ya abiertos, atraían las miradas de los asistentes con los gritos y cantos de sus dueños. En uno de ellos compré una ostra y un chotaro, y en otro, una hamburguesa… que, sin ser excelente, acompañaba muy bien a la cerveza.

Deme dos.

Cogiendo fuerzas antes del evento.

Se puede participar bailando, cantando o sencillamente llevando algún objeto decorativo.

Protagonistas de un shojo, en el capítulo del matsuri.

Los presentadores anunciaron el inminente inicio del espectáculo, con una introducción en la que se mezclaron las formalidades con las bromas. Mi nivel de japonés no era suficiente para entender todo, pero sentí que no hacía falta, bastaba con dejarme llevar por la atmósfera de festival generada en la plaza. Y cuando el primer grupo actuó, quedé totalmente capturado por los ritmos del Yosakoi.

Baile conjunto en el escenario...

...y mientras los mayores repiten alrededor de la plaza...

...los peques disfrutan el escenario para ellos solos.

No solo los bailes te dejan con la boca abierta.

Fue increíble ver los bailes y la energía de los participantes. Muchas veces cantaban en directo, con pasos pegadizos, banderas gigantes… Representaban su pieza dos veces: una ante el público sentado frente al escenario, otra en movimiento alrededor de la plaza. Así, gran parte del público podía disfrutar del evento desde los puestos de comida, evitando aglomeraciones.

Pura energía.

Ganbatte!!

Difícil elegir qué grupo fue el mejor.

Ciertamente, parece un baile desenfadado y alegre.

Acabé tan emocionado por el espectáculo y por haber podido ser partícipe del ambiente creado, que tardé un poco más en marcharme de lo que había planeado. Además, me compré en uno de los puestos una medalla de madera que conmemoraba ese evento de “Yosakoi returns”, un recuerdo de esas horas de pequeño matsuri.  Me sentí muy feliz por una mañana así, entre el mercadillo, el castillo y el evento, sin prisas… un verdadero descanso mental, aunque quizás no tanto de cuerpo.

Hipnotizado por el baile de sus padres...

...no dejó de acercarse hasta unirse a ellos.

Ohenro y su medalla de Yosakoi.

Mi último grupo, final apoteósico.

A las dos de la tarde tomé el autobús que me llevó de vuelta al Templo 33. Sin ser muy consciente del tiempo, decidí acceder una vez más. Fueron pocas las veces que pude volver a visitar un mismo lugar durante la peregrinación y no quería desaprovechar esa oportunidad. Evidentemente, el no tener que estar pendiente de la lluvia ya cambió mi perspectiva sobre ese lugar sagrado, dentro del cual curiosamente me topé con un puesto de venta de frutas, con algunas personas mayores comprando alguna cosa. Pensé fugazmente en los dos templos anteriores, en los que el mal tiempo me había impedido un recorrido más exhaustivo… 

Hasta la próxima, Kochi.

¿Nos hemos visto antes?

Rezos en el Hondo.

¿Estará solo los domingos?

Con todo, llegó el momento de decir adiós a la ciudad de Kochi. El camino de la peregrinación me devolvió al inaka y, en vez de buscar cobijo de la lluvia, me entretuve zigzagueando de una sombra a otra, intentando escapar de los fuertes rayos de sol. A mitad de camino, escuché unos gritos y me volví a desviar de mi ruta. Los gritos procedían de un colegio en cuyo interior alumnos de primaria estaban participando en una competición deportiva. Unos padres me invitaron a pasar y me quedé unos minutos mirando asombrado el partido: no era ni fútbol ni béisbol, sino una especie de balón prisionero que los niños jugaban como si fuera la final del mundial.

Ohenro vuelve al inaka.

Nadando en un mar de flores.

De no ser por la máquina expendedora y por el buzón, totalmente abandonado.

La vida en las afueras.

Dos kilómetros después de marchar del colegio, empecé a distinguir el olor a incienso en el aire y un suave rumor de cánticos. El Templo 34 (Tanema-ji), un pequeño espacio perdido en el campo, acababa de recibir la llegada de un par de docenas de peregrinos. Estos siguieron con sus cánticos frente al Hondo, mientras yo me senté en un banco cerca de la campana para poder disfrutar de las vistas del recinto. 

Cantos y ritos.

Acabado el rezo conjunto, se realizan las ofrendas individuales.

Ante el Daishido.

Observé con atención cómo el grupo hizo sus cánticos frente al Daishido y, al acabar, uno de ellos se me acercó para hacerse una foto conmigo. Le había resultado curioso ver a un peregrino extranjero en el templo, aunque le sorprendió más saber que mi intención era hacer toda la peregrinación andando, pues ellos estaban visitando los templos en autobús. Tras hacer los ritos, fui a por el sello y la mujer que lo dibujó me regaló un dulce como osettai. Antes de marcharme, le dediqué unos segundos al templo, entonces totalmente vacío, en contraste con el bullicio previo vivido durante el día. 

Peregrinando en grupo.

Ohenro en el templo.

Antes de dar las cinco... calma.

Agotado, pero feliz, emprendí la última hora de camino principalmente a través de aldeas y campos de cultivo. El cielo fue adquiriendo tonos naranjas hasta que cayó la noche. Sabía que me había detenido más de lo planeado tanto en el festival como en el templo, pero había merecido la pena. La oscuridad me acompañó durante el último kilómetro hasta llegar a mi alojamiento, GH Haruno.

Tras dos días de bullicio, se agradece estar en mitad de la nada.

Si te pilla el anochecer, hay que revisar la planificación.

La habitación en GH Haruno, mi litera es la abierta.

Inmediatamente salió la dueña, una señora mayor, a saludarme y a confirmar mi identidad, pues había comenzado a preocuparse al no haber llegado antes del anochecer. Me enseñó las instalaciones y me regaló una bolsa de golosinas varias como osettai. Tras la ducha, cené con tres de mis compañeros de habitación: un chico francés, una chica francesa (no iban juntos, pero me los volvería a encontrar en otros momentos de la peregrinación) y una chica estadounidense con la que ya había coincidido (la que llegó tarde al hostel de Aki). Fue interesante conocer las historias de otros peregrinos, pero mi batería social estaba bajo mínimos, por lo que no tardé en retirarme. Ya en mi litera, repasé el fin de semana en Kochi y sonreí, con la sensación de haber recuperado las fuerzas y con ganas de volver al camino, despidiéndome por un tiempo de las grandes ciudades. 


¡Hasta la próxima!

また!


INFORMACIÓN 

  • Fecha: 3 de noviembre de 2024.
  • Etapa: Kōchi (KM 342-KM 352).
  • Distancia: 21,96km.
  • Templos: T34.
  • Alojamiento: GH Haruno (reserva por Booking).

Comentarios

  1. Que día más bonito y lleno de momentos para el recuerdo!
    Nosotros no coincidimos en domingo allí... Nos quedamos sin poder ver los mercados ni los bailes. Gracias por mostrarlos!
    Sigo enganchada a tus vivencias 🤭
    Coincido con la amabilidad de la gente de Kochi!!

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