Podía acortar siguiendo la carretera principal, pero teniendo fuerzas, preferí disfrutar de una ruta abandonada, conquistada en varios tramos por la flora y con unas vistas increíbles de la costa.
No volví a ver a la araña, pero sí estuvo muy presente en mis sueños, impidiéndome dormir de seguido. Me desperté, fui cuidadosamente hasta la cocina y cogí el desayuno: té verde y un helado de chocolate que me había olvidado tomar la noche anterior… no fue la mejor combinación, pero me dio pena tirarlo. Recogí todas mis cosas y caminé un minuto hasta el puerto, convenientemente pegado a mi alojamiento.
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| Puerto de Umetate. |
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| ¡Gracias por todo, Meri! |
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| En el barco de los ohenro. |
Mi primer objetivo era cruzar la bahía de Uranouchi en ferry, antes de comenzar propiamente la etapa. Meri, la dueña del alojamiento, se acercó con una pancarta y una bandera de España para desearme suerte con el resto del camino. El barco llegó puntual, con menos de una decena de pasajeros en su interior: salvo dos turistas, el resto eran peregrinos japoneses. El trayecto duró poco menos de una hora y el ferry solo se acercaba a los distintos puertos si recibía una señal desde tierra de que había pasajeros esperando. De hecho, en una de estas paradas se subieron dos peregrinas occidentales, una de las cuales era la chica francesa con la que había cenado en el hostel un par de días atrás. Fue muy agradable estar sentado asomado a la ventana, sintiendo el viento y el olor del mar.
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| Repaso de la ruta mecidos por las olas. |
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| Pescando desde primera hora. |
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| Si hay cadena no se puede pasar. |
En el puerto de Yokonami nos bajamos todos los peregrinos. Me despedí de la chica francesa y me detuve unos minutos en el muelle, mientras los demás iniciaban su camino. Calenté con tranquilidad, hice algunas fotos y volví a mirar el móvil. En Madrid todo estaba igual que el día anterior, lo que interpreté como una buena noticia.
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| Ohenro en el muelle. |
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| Saliendo de Uranouchi. |
Me puse en marcha y, a los pocos minutos, el pueblo quedó atrás y tuve que decidir por primera vez en el día si seguir por carretera o tomar la ruta secundaria. En un cartel estaba perfectamente explicado el desvío, así que lo elegí sin dudar. Un tramo sin coches, con algunas casas desperdigadas y, lo mejor de todo, pasando por un kyudo, una senda antaño utilizada y ahora totalmente integrada en el bosque al haber caído en desuso. Me senté en el asfalto unos minutos, con los pies colgando, y, mientras observaba los árboles, agradecí contar con ese sendero solo para mí.
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| Zona de descanso para peregrinos. |
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| Cartel, indicaciones y hasta un mapa. |
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| Similar a algunas vías que unen las aldeas gallegas. |
Los minutos pasaron despacio, a un ritmo acorde con mis pasos. La salida del bosque estaba protegida por un templo. Ya que ese día no iba a visitar ninguno de los lugares sagrados de la peregrinación, paré y realicé los ritos igualmente, encendiendo una vela por la salud de mi abuela. Le dediqué un rezo y unos recuerdos, y retomé el camino.
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| Dejando una vela y una tablilla como ofrenda. |
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| A por ello, compañero marinero. |
Dejé atrás el bosque y a un anciano ohenro que, si mi memoria no me fallaba, había sido uno de mis compañeros en el paseo marítimo de la mañana. La ruta no tenía pérdida: seguir a través de plantaciones e invernaderos, hasta llegar a la ciudad de Susaki, lugar de alojamiento para aquellos peregrinos que no hubieran tomado el ferry. En mi caso, esta urbe me ofreció un 7-Eleven del que sacar dinero, pues no volvería a encontrar uno hasta diez días después, y buenos restaurantes donde pedir algún plato típico.
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| De nuevo en carretera. |
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| Esperando a que me den luz verde. |
Un par de días antes ya había hecho una búsqueda y el ganador había sido el restaurante Mayumi no Mise. No solo por su cercanía a la ruta, sino por contar con un plato que tenía muchas ganas de probar: el nabeyaki ramen de sal, servido en una olla de barro donde termina de hacerse. Me hicieron un hueco en una mesa en mitad del minúsculo restaurante, entre trabajadores y estudiantes, y se me hizo la boca agua al ver semejante plato en mi mesa. Al acabar los fideos, me eché un bol de arroz para tomar el caldo como si fuera porridge, más por recomendación que por seguir con hambre.
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| Cocinera y parroquianos en la puerta. |
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| Ni un trozo de pared sin cubrir |
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| Nabeyaki ramen. |
Sin embargo, como yo no me alojaba en Susaki, tuve que seguir caminando después de semejante atracón. Salí del restaurante pasadas las doce y media del mediodía, aún a más de tres horas de distancia de mi destino. Podía acortar siguiendo la carretera principal, pero en la aplicación de Henro Helper sugerían varias sendas aparentemente más tranquilas… y, teniendo fuerzas, preferí andar un poco más y disfrutar del trayecto. Después de salir de Susaki, recorrí un kyudo aún más impresionante que el anterior: una ruta totalmente abandonada, conquistada en varios tramos por la flora y con unas vistas increíbles de la costa.
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| Compartiendo el kyudo con la naturaleza. |
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| Vuela, vuela. |
Tras varios kilómetros retomé momentáneamente la carretera 56, solo para volver a desviarme por los pueblos cercanos al mar. Al cruzar uno de ellos, Awa, entré en el centro comunitario próximo a la estación para preguntar si tenían un sello. Las dos personas allí presentes, además de ofrecerme el sello, me invitaron a un té. Me deshice en agradecimientos y lo tomé en la terraza con vistas al mar. Retrasé mi partida para poder contemplar la llegada del tren, cuyo conductor me saludó con un gesto amable.
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| Centro comunitario, el mejor té de Awa. |
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| Línea Dosan junto al mar. |
Mi itinerario continuaba hasta el centro de Awa, donde podía tomar un atajo a través de un largo túnel o bordear la costa. Realmente el día anterior ya había decidido qué hacer, pero al llegar me encontré con una sorpresa: estaba cortado el tráfico por la ruta costera, de forma tan insistente, que incluso dudé si se podía pasar andando. Ni mi nivel de japonés ni el traductor del teléfono me resolvieron totalmente la duda, pero continué de todas formas.
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| Accediendo a Awa por la carretera 56. |
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| ¿Si hay cadena no se puede pasar? |
Quizás estaba recorriendo un camino en proceso de transformarse en un kyudo, si la carretera 56 era más conveniente para los coches gracias al túnel… o si era más segura, ya que me crucé con varios tramos de calzada llenos de escombros. No vi a ninguna otra persona durante esos kilómetros y, mientras aceleraba un poco el ritmo, en mi mente me preguntaba si había sido una buena idea recorrer un camino abandonado, con desprendimientos y casi sin cobertura…
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| Carretera 320, otra mezcla de asfalto y naturaleza... |
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| ...con un cabo tras otro, que intentaron ser domesticados con curvas y falsos túneles... |
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| ......sin lograrlo completamente. |
El buen tiempo disipó un poco mis preocupaciones, aunque al tener que saltar una cadena al final de la ruta costera para poder continuar acepté, quizás un poco tarde, que había vuelto a tomar un camino alternativo. Evité la mirada de unos trabajadores de una fábrica cercana y, en menos de una hora, llegué al pueblo de Tosa Kure.
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| Si. Hay. Cadena. No. Se. Puede. Pasar. |
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| Bienvenidos a Tosa Kure. |
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| Solo falta el cartel de la Expo Osaka de 1970. |
Fui directo a mi alojamiento, GH Kei, cuya dueña estaba de charla con un par de huéspedes. Me mostró mi habitación y, al ver dos camas separadas por cortinas, caí en la cuenta de que esa noche compartía de nuevo habitación… al realizar la reserva por correo electrónico y no haber muchas más opciones en el pueblo, intenté no darle mayor importancia. Además, la dueña me ganó al invitarnos a unos estupendos cortes de sashimi en la cocina.
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| GH Kei. |
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| Mi habitación (compartida). |
Durante esta merienda hablé un poco con otros peregrinos. Uno de ellos era un anciano japonés que había completado la peregrinación media docena de veces y estaba otra vez en camino. Cada vez que paraba en este pueblo se alojaba en GH Kei y le regalaba a la dueña una figura de un ohenro. La otra persona era una chica argentina que había retomado el camino en Kochi, donde lo dejó cinco años atrás. Vivió un tiempo en España y, cuando hablaba conmigo, tenía una mezcla de acentos argentino y madrileño que me hizo mucha gracia. Le aconsejé que mirase los próximos alojamientos con antelación y estuvo más de una hora para encontrar un sitio donde dormir al día siguiente.
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| La importancia de las costumbres. |
Sobre las seis, ya de noche, salí a dar un paseo. Me acerqué a la estación de tren con la esperanza de encontrar un sello, pero estaba desierta. Estuve a punto de retirarme cuando me fijé en un cartel que indicaba que, en efecto, había uno en la estación. Sabiendo eso, ya no podía irme sin tenerlo, así que intenté abrir las ventanas y la puerta de la recepción. Justo esta se encontraba abierta y accedí a oscuras… en fin, claramente no lo pensé bien, porque podía dar la sensación de que en vez de un peregrino era un ladrón. Mientras buscaba el interruptor de la luz, se abrió otra puerta y salió del despacho una mujer que amablemente me buscó el sello.
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| Si hay luz... quedará alguien, ¿no? |
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| No esperaba un supermercado así en un pueblo tan pequeño. |
Me prometí a mí mismo no acceder a más sitios sin permiso, al menos durante ese día, y fui al supermercado. La sección de ofertas me brindó algo de pollo y tempura de berenjena, además de unos plátanos que busqué para ver si con un poco de potasio conseguía combatir los pinchazos que sentía de vez en cuando en las piernas. Cené tranquilamente en la cocina del alojamiento y hablé con mi familia antes de irme a dormir, sin que nadie hubiera llegado a ocupar la cama de al lado.
¡Hasta la próxima!
また!
INFORMACIÓN
- Fecha: 5 de noviembre de 2024.
- Etapa: Usa (KM 376) - Tosa Kure (KM 410).
- Distancia: 29,56km.
- Templos: --
- Alojamiento: GH Kei (reserva por correo electrónico).
Me he reído mucho con lo de no acceder más sin permiso.
ResponderEliminarMenudos paisajes, que recuerdos de Shikoku... Me ha dado mucha morriña!
Y ese Nabeyaki ramen!!! Que bueno que está!!!
Gracias por todos los recuerdos que me traes y por compartir pequeñas pinceladas, de las historias de las personas con las que te cruzabas.