Día 22: Hiekomi

Hasta ese día no me había enfrentado a una caída de la temperatura tan marcada. Recordé que había dejado mis únicas prendas para contrarrestar el frío en Tokushima, por lo que solo me quedó una solución...

Ocho horas seguidas de sueño. ¿Quién me iba a decir que sería en una habitación compartida donde por fin lograría descansar? Recogí mis cosas en silencio, intentando no molestar a mis dos compañeros de cuarto. En la sala común, sin nadie todavía, me preparé un té verde, que acompañé con un pastelito que me habían regalado en el Templo 34 y con un plátano… con la esperanza de que el potasio redujera los pinchazos que me molestaban de forma intermitente en las piernas.

Pasadas las seis ya tenía todo preparado, así que salí de Sou Hostel… y rápidamente volví a entrar. ¡Menudo frío hacía! Si bien era principios de noviembre, hasta ese día no me había enfrentado a un hiekomi (caída de la temperatura) tan marcado. Recordé que había dejado mis únicas prendas para contrarrestar el frío en Tokushima, así que solo me quedó una solución: pijama por debajo de la ropa de ohenro y a rezar para que fuera suficiente. 

¿Un molino?

Menudo frío...

Deseando lo mejor a los peregrinos.

Dejé atrás el pueblo de Shimanto recorriendo la carretera 56 durante la primera hora. Al ruido de los coches se sumó la comezón en mi cabeza por la inminente llegada del clima frío. Cuando la carretera 56 se volvió inaccesible para los peatones, decidí dejar atrás no solo el tráfico, sino también esa preocupación... seguro que en algún pueblo iba a encontrar una tienda donde comprar una prenda de abrigo. Con la mente más despejada accedí al monte Gaiso por el camino Ichinose y, efectivamente, en cuanto empecé a caminar por la montaña me sentí más calmado.

Andar entre árboles, el mejor inicio de una etapa.

¿Volver a la carretera? No todavía, gracias.

Vas bien, ohenro.

Sin saberlo, los árboles me estuvieron protegiendo durante ese trayecto. Al alcanzar el otro lado del monte, los rayos del sol que ya despuntaba me devolvieron a mi temperatura normal… pero con una capa de ropa adicional. Por suerte, a pocos minutos andando había un contenedor de una empresa de construcción, habilitado para que los ohenros pudiéramos descansar. Me quité el pijama y, antes de retomar mi ruta, uno de los obreros me dio como osettai una lata de café… sonreí al pensar cómo, a veces, todo encaja a la perfección, aunque no esté planeado.

Uy... ¿y ese sol?

Cómo se agradece que habiliten estos espacios...

...y los pequeños detalles.

Ya con mi vestimenta habitual volví al camino, notando en mis piernas y brazos los últimos coletazos de la brisa mañanera. La ruta me llevó por pequeños pueblos y plantaciones, cruzándome de vez en cuando con algún agricultor. Una peregrina, con quien había coincidido en GH Kei, me adelantó. Para dejarle más espacio, ya que a mí tampoco me gusta ir andando detrás de otras personas, me detuve un rato y me tomé un tentempié sobre una cornisa entre los árboles.

Siempre vigilantes.

Unas breves palabras y cada uno sigue a su ritmo.

Lo mejor para recuperar fuerzas.

La carretera secundaria me dejó en Kobushinokawa, una aldea a orillas del río Iyoki. Me pareció el típico lugar en el que los personajes de un anime pasaban sus veranos cazando bichos y pescando, sin ningún tipo de agobio. Ese día no visitaba ningún templo de la peregrinación, pero no me fue difícil encontrar un santuario donde poder rezar por mi abuela. Un poco más adelante, un cartel me indicó que la estación de tren de Kaina no estaba lejos, así que me desvié brevemente y esperé hasta que llegó el tren.

Solo faltan un niño y su perro de color blanco correteando.

Unos minutos para rezar y agradecer.

El ohenro y sus trenes.

Mi peregrinación continuó por la mañana bajo un fuerte sol, buscando en la medida de lo posible un poco de sombra en la carretera que serpenteaba paralela al río Iyoki. ¿Sería una diferencia de 20ºC con el inicio de la jornada? ¿Dónde estaba ese hiekomi que me había sorprendido al salir del hostel?

¿El himno de un campamento de verano?

La tentación de ir nadando por la ruta de la izquierda.

Sin saber qué hay al otro lado.

Pasado el mediodía llegué a un michi no eki, Nabura Tosasaga. En su salón divisé a varios ohenros que ya estaban terminando de comer; quizás tenían más prisa que yo al alejarse todavía a muchos kilómetros de distancia. Dejé mis cosas en una mesa y revisé el menú, aunque ya tenía decidido que el tataki de atún iba a ser el plato principal. Añadí arroz, un mini-udon y un helado… el postre no estaba en mis planes, pero me dieron un vale de descuento y me fue imposible rechazarlo con el calor de las horas previas. 

Michi no eki.

Aquí no se pasa hambre.

Piqué más que el pez de atrás.

En la tienda del michi no eki compré unas galletas para el desayuno del día siguiente y sellé mi libreta secundaria. Mi camino continuó paralelo a la carretera 56 hasta llegar a Kuroshio, un pueblo pesquero. Si bien no era el final de mi etapa, como la dueña de mi alojamiento me había advertido que hasta por la tarde mi habitación no estaría disponible, decidí callejear entre sus casas sin rumbo fijo. Encontré una torre de evacuación para situaciones de tsunamis abierta y subí sus ocho pisos… pero creo que las vistas no supieron recompensar ese esfuerzo. 

Bienvenidos a Kuroshio.

Mejor las vistas desde el puente...

...que desde las alturas.

Desde allí fui a la playa Shioya con la idea de hacer algo de tiempo paseando por la orilla. Sin embargo, ese plan me duró poco tiempo, pues al llegar comprobé que esa playa era minúscula. Otro día quizás me hubiera molestado, pero mi cuerpo seguía cargado gracias a las ocho horas de sueño, así que decidí, con una sonrisa, bordear el mar por el puerto y cruzar el puente hasta la salida del pueblo.

Lavar y tomar el sol.

Playa Shioya.

Mujeres trabajando en la lonja.

Consulté la aplicación de Henro Helper y comprobé que para llegar a mi alojamiento había una ruta alternativa por “naturaleza” que evitaba la carretera principal. Mis ojos se iluminaron cuando me encontré frente a él: un camino empedrado a la sombra que, sinuosamente, parecía actuar como barrera entre el mar y la montaña. Quizás fue esa emoción la que me hizo ignorar las varas de madera que impedían el acceso… y eso que dos días antes me había dicho a mí mismo que iba a tener más cuidado en esas situaciones…

Acceso al mirador de Itsukushima.

Evidentemente, no podía no elegir este camino.

El primer tramo fue mágico, con el sonido de las olas golpeando las rocas y el reflejo del sol crepuscular en el mar. En algunos puntos el camino era un poco más exigente físicamente, con elevaciones provocadas por peldaños ausentes, pero incluso agradecí esa dosis adicional de aventura. La magia terminó cuando llegué a un punto en el cual el camino empedrado había sido devorado por la vegetación. Intenté pasar por encima, entre las plantas, apartándolas con el bastón… pero era imposible continuar. Pensé que esa debía ser la causa del cierre de la ruta y que no me quedaba otra opción más que volver… a no ser que intentase ir por el otro lado del sendero. Salté entre rocas, ramas y basura acumulada, tanteando con mi bastón donde ponía mis pies para evitar un accidente. Cuando esta vía también fue intransitable, atajé ladera arriba entre los árboles hasta llegar a una zona de descanso que conectaba con la carretera 56. 

Ohenros que, quizás sabiamente, evitaron el camino empedrado.

New Shirahama.

En media hora llegué a mi alojamiento, New Shirahama, situado junto al arcén sin ningún otro edificio cerca. Antes de entrar pude ver a lo lejos a tres peregrinos, que creía reconocer, continuando su etapa. Yo había decidido dividir los siguientes kilómetros de forma distinta, añadiendo un día extra, para reducir la carga de algunas etapas y para poder alojarme en un par de días en un sitio concreto… Entré en New Shirahama y me recibió la dueña, cuya cara se volvió más amable al darse cuenta de que podía hablar algo de japonés. Cuando reservé por teléfono no debí comunicarme muy bien, pero por suerte un amigo de la dueña que sabía español me atendió, menuda casualidad. 

Mi habitación para esa noche.

El alojamiento, la carretera 56 y el mar, nada más.

Más cortes de tataki para cenar... ninguna queja.

Descansé un rato en mi habitación, hasta que la dueña me avisó de que el ofuro estaba preparado. Cuando me metí en la bañera no esperaba encontrarme el agua tan caliente… un contraste térmico casi tan marcado como el hiekomi al comenzar el día. Con la tensión bastante baja tras el baño, cené solo en el comedor bajo la atenta mirada de la dueña y regresé a la habitación, donde caí rendido sobre el futón.


¡Hasta la próxima!

また!


INFORMACIÓN 

  • Fecha: 7 de noviembre de 2024.
  • Etapa: Shimanto-cho (KM 430) - Tosa-saga (KM 452).
  • Distancia: 31,59km.
  • Templos: --
  • Alojamiento: New Shirahama (reserva por teléfono).

Comentarios

  1. Tú y tus aventuras por caminos cerrados🤣 madre mía...
    Jordi envidiaría esos katsuo no tataki🤭🤭🤭

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