Me sentía vibrando, con la canción retumbando en mi cabeza con cada paso que daba… pero al encontrarme con Takumi-san, solo pude sentarme cerca y escuchar.
El frío atravesó la ventana del cuarto durante la noche, pero pude contrarrestarlo gracias a una manta que me habían dejado a los pies del futón. Cuando sonó la alarma a las cinco de la mañana estuve tentado a quedarme un poco más en mi cápsula térmica, pero hice el esfuerzo para intentar ver el amanecer. Desayuné una taza de té, un plátano y unas galletas de avena, y me despedí de la dueña antes de marcharme de New Shirahama.
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| Mi palco para el espectáculo matutino. |
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| Yo empiezo, ellos regresan. |
Cerca del alojamiento, en una cabaña de descanso, realicé los estiramientos con los ojos clavados en el cielo, que se iba tiñendo de rojo y naranja. Esperé media hora, pero las nubes me impidieron ver el amanecer en todo su esplendor. Decepcionado, comencé mi etapa a lo largo de la carretera 56, sin más alternativa que cruzar dos túneles ruidosos.
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| Un destello que escapa entre las nubes... |
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| ...y se capta en el reflejo. |
No eran ni las siete de la mañana y ya tenía la cabeza embotada y el nivel de energía por el suelo. Nada más salir del segundo túnel, busqué caminos secundarios para evitar el ruido de los coches. En general no me gustan los sonidos fuertes, pero durante la peregrinación sentía incluso que me afectaban más. No obstante, eso no evitó que al pasar por delante de la escuela primaria de Kamikawaguchi me detuviera a investigar el origen de un sonido que llevaba escuchando desde unos metros atrás. Eran golpes rítmicos, quizás de una batería… ¿a esas horas?
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| Kamikawaguchi. |
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| Unos pases antes de empezar las clases. |
Intenté mirar por la ventana de forma discreta, aunque evidentemente no lo logré, ya que enseguida se me acercó un hombre mayor. Me disculpé y le expliqué que había entrado al recinto atraído por la música. Con una sonrisa, el hombre (después me enteré de que era el director de la escuela) me dio conversación en una mezcla de inglés y japonés, y me acabó invitando a acceder al gimnasio. Allí estaban los estudiantes mayores, de unos doce años, practicando cerca del escenario. Sobre las 8:10 entró el resto de los alumnos y algunos de los más pequeños se pararon ante mí para mirarme. Cada clase tocaba un instrumento distinto y los más pequeños hacían percusión con su propio cuerpo.
Llegaron los demás miembros del claustro y dos de los alumnos mayores corrieron para colocarme una silla. La profesora de música dio la señal para que todos ocupasen su sitio en silencio y comenzaron el ensayo, que consistía en una canción de Creepy Nuts muy famosa entonces, Bling-Bang-Bang-Born. Al acabar, el director me preguntó si me había gustado y si podía dedicar unas palabras a los niños… en japonés, claro. Mientras los alumnos se colocaban en filas junto a la puerta, intenté rescatar entre mi japonés básico el vocabulario para poder decir algo con sentido. El director me hizo una señal y me presenté, les expliqué que había estudiado para ser actor, que había actuado en varios musicales y que su ensayo me había encantado. Les pedí que siguieran esforzándose y les agradecí el concierto, cerrando con una reverencia.
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| El conciertazo. |
Hablé un poco más con el director y la profesora de música antes de reemprender mi ruta, todavía procesando lo que había pasado. En los túneles, el ruido de los coches me había sacado de quicio y me obligó a buscar una ruta alternativa. Gracias a ese desvío escuché las baquetas, que me despertaron la curiosidad y acabé disfrutando del ensayo de toda la escuela. Es verdad que el volumen del ensayo pudo ser incluso igual que el de los túneles…. pero el neiro, o el “color del sonido”, era totalmente distinto. Me sentía vibrando, con la canción de Creepy Nuts retumbando en mi cabeza con cada paso que daba.
El buen humor aumentó mi velocidad, lo que unido al calor incipiente me obligó a buscar un sitio donde poder desprenderme discretamente de mi capa inferior de ropa. Una lavandería vacía sirvió para este propósito, donde aproveché para tomarme un shot de café y mis frutos secos. Desde allí solo podía tomar la carretera 56, con algunos coches y un fuerte sol… pero ni aun así se me borró la sonrisa.
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| Ni una sombra, pero feliz en mi carretera 56. |
Al llegar a la costa de Irino busqué cobijo en una ruta alternativa a través del parque de Ogata. Los pinos protegían el camino y, al mismo tiempo, ofrecían paso seguro a los surfistas que iban directos a las olas. En la playa me desorienté momentáneamente, ya que mi etapa era distinta a la de la aplicación, pero enseguida se me acercó una mujer y me ofreció ayuda en inglés. Aunque era de Shikoku, se sorprendió al saber que mi intención era ir a pie hasta mi alojamiento, que llevaba tres semanas andando y que tenía otras cinco semanas ante mí. Me mostró la dirección correcta y me deseó mucha suerte para el resto de la peregrinación.
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| Mimetizado antes de tomar el agua. |
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| Buen uso del paraguas contra el sol. |
Salí del parque de Ogata por un camino amplio, cercano al aparcamiento y a un edificio de madera, que supuse que era una zona de descanso. Mezclada entre el sonido de las olas me pareció percibir una melodía y me acerqué al edificio. De espaldas, sentado solo en un banco, había un anciano interpretando con un instrumento de viento canciones de las películas de Estudio Ghibli. Takumi-san, el músico, se presentó como un hombre jubilado, para quien la música era una afición, así que no debía esperar nada “profesional”. Me permitió escuchar otras dos piezas, de Kiki y de Mononoke… la calidez de esas canciones me dejó en silencio. Solo pude sentarme cerca y escuchar.
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| Un auditorio improvisado. |
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| Takumi-san, ¡gracias de nuevo! |
Ya en el camino, Takumi-san me saludó efusivamente desde el coche. Yo le devolví el saludo con una sonrisa y una reverencia, pequeños gestos con los que quizás no fui capaz de transmitir mi agradecimiento por haber disfrutado de esas canciones en directo. El color del sonido se me quedó nuevamente dentro y, aunque mis piernas comenzaban a mostrar señales de agotamiento, me sentí calmado, en paz. Di un rodeo por las carreteras 42 y 339, sin más incidente que atravesar lo que parecía ser una propiedad privada y cruzándome solo con un ohenro, un japonés mayor, que realizaba la peregrinación en sentido contrario.
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| ¿Alguien se ganó una multa? |
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| Pequeños ohenros que te tranquilizan cuando te crees que te has vuelto a perder. |
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| Se abre la verja, se cruza, se cierra la verja. |
Mientras que al llegar al pueblo de Shimanto un par de días atrás me había encontrado con calles silenciosas, el acceso a la ciudad de Shimanto era a través de una carretera de numerosos carriles, con grandes establecimientos a ambos lados. En vez de luchar contra ello, me fui a comer aquello que no encontraría los días que estuviera perdido en la montaña: una hamburguesa del McDonalds. Como un niño pequeño, me quedé pegado a la pantalla del menú un largo rato, viendo los distintos productos disponibles en Japón, y pedí varios de ellos.
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| Dulces kawaiis. |
Salí rodando de allí y me alegré al comprobar que mi alojamiento, Minshuku Suzu, estaba a menos de media hora andando. El dueño del establecimiento estaba en una reunión en el vestíbulo, pero me permitió dejar mi mochila en la oficina y coger una de sus bicicletas para recorrer la ciudad. El sitio era peculiar, pues además de los alojamientos que tenían en las plantas superiores parecían dirigir algún negocio de transporte privado de personas… de hecho, la oficina me recordó a la de Kevin Rosario, el dueño de la empresa de taxis del musical de In the Heights.
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| Primer encuentro con el río Shimanto. |
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| Minshuku Shuzu. |
Las piernas me agradecieron rápidamente pasar de caminar a pedalear. Vagué por las calles de Shimanto sin rumbo fijo, hasta encontrarme con una shotengai (calle comercial). Eché un vistazo a algunas de sus tiendas y vi que en un lateral había unas escaleras con un gran torii de piedra. Subí al santuario, me lavé las manos y la boca, y recé frente al salón principal. Al acabar, me asomé a ese edificio, ya que había creído escuchar unas voces desde dentro: una familia estaba celebrando el Shichi-Go-San de su hijo. Observé desde la distancia cómo la religiosa realizaba distintos ritos frente al niño, a quien se le escapaba alguna mueca de vez en cuando.
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| Entrada al santuario Ichijo. |
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| Ceremonia y risas. |
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| Foto de familia. |
En cuanto concluyó la ceremonia, me organicé el resto de la tarde para visitar al menos tres sitios de Shimanto. Primero fui hasta el castillo de Nakamura, utilizado hoy en día como museo de historia. El castillo se erigía en lo alto de una colina a la que se accedía por una carretera con bastante pendiente, lo que me llevó a aparcar la bicicleta en lo que me temía que era parte de una propiedad privada. Subí rápidamente y entré en el castillo, para ver si encontraba algún sello para mi libreta secundaria. La buena noticia fue que lo encontré; la mala, que no me lo quisieron dar si no pagaba la entrada del museo…
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| Bonita reconstrucción, pero sin sello gratis. |
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| Vistas de la ciudad. |
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| Mini torre de Tokyo. |
Bajé corriendo para recuperar mi bicicleta y respiré aliviado al encontrarla igual de mal aparcada que como la había dejado. Me puse en marcha rápidamente, ya que el segundo lugar de mi lista estaba a una media hora. Salí de la ciudad siguiendo una carretera paralela al río Shimanto. De repente, la carretera se estrechó tanto que me resultó difícil creer que dos coches pudieran circular a la vez por ella. Los carteles advertían del peligro que esto podía suponer especialmente para los ciclistas, por lo que me quité mis auriculares para estar atento a cualquier vehículo que me pudiera encontrar. Tras atravesar unos cultivos, llegué a Imanari, uno de los famosos puentes de Shimanto.
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| Narrow, narrow. |
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| Puente de Imanari. |
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| A esas horas, cuatro personas y un par de coches. |
Me entretuve un rato haciendo fotos y escuchando el sonido del río pasando por debajo de mí. El entorno era espectacular y, aunque no había ni rastro de momiji, algunos árboles parecían sugerir la llegada del otoño luciendo tonos amarillentos. Crucé el puente y regresé por el lado contrario a la ciudad, cruzándome solo con algún vehículo que avanzaba lentamente, ya que el camino seguía siendo bastante estrecho.
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| Como debe brillar este lugar en otoño... |
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| Nunca dos coches en sentido contrario, todo bien. |
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| Ohenro y su bicicleta. |
Mi tercer y último destino, sin ser un castillo o un puente histórico, también era un lugar característico de Japón: una tienda de Uniqlo. La tenía localizada que había sufrido esa caída tan brusca de temperatura el día anterior. Di una vuelta, me probé un par de cosas y encontré justo lo que necesitaba: una bufanda y una camiseta térmica de cuello alto, que además de abrigarme me daban un aspecto un poco más decente cuando no llevaba las prendas de ohenro.
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| Mejor llegar antes de que anochezca. |
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| Uniqlo, mi salvador. |
El sol ya había desaparecido cuando salí de la tienda, dejando ante mí una hilera de neones de todo tipo de establecimientos. Tardaría bastantes días en volver a visitar una ciudad, así que me sumergí en la atmósfera escuchando un poco de j-pop, dejando que el color de la música me devolviera la energía. Hice otro par de paradas, en un Cosmos para comprar unas vitaminas que pudieran ayudarme con los pinchazos en las piernas y en una estación de tren para conseguir finalmente mi sello de la ciudad de Shimanto.
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| En cuanto te alejas de las zonas con tiendas, vuelve la oscuridad. |
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| Área de descanso dentro de la estación. |
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| Estación de Nakamura. |
Cuando me volví a subir a la bicicleta, comprobé con horror que una de las ruedas estaba pinchada, hasta el punto de que daba la sensación de que la rueda delantera no tenía neumático. Me extrañó el pinchazo ya que parecía estar en perfecto estado cuando la aparqué en la estación, pero al mismo tiempo agradecí que hubiera pasado ya de vuelta en la ciudad.
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| Buena anguila y buen Calpis. |
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| Poco más necesito para dormir: un futón... |
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| ...y una tacita de Pooh-san. |
Cené en el restaurante Ichimonya el plato estrella de Shimanto, unadon o bol de arroz con anguila. Sin ser la anguila mi comida favorita, tuve que admitir que el sabor no era fuerte y que se deshacía en la boca. Regresé al minshuku donde me di una ducha rápida antes de tirarme en el futón. Antes de dormir, sin embargo, tuve que hacer una breve visita a mi vecino para recordarle amablemente que hablar a gritos por el teléfono no era precisamente el neiro con el que uno desea terminar un día tan completo…
¡Hasta la próxima!
また!
INFORMACIÓN
- Fecha: 8 de noviembre de 2024.
- Etapa: Tosa-saga (KM 452) - Shimanto (KM 476).
- Distancia: 28,72km.
- Templos: --
- Alojamiento: Minshuku Suzu (reserva por Booking).
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