Día 24: Poroporo

Noté como las gotas de sudor caían por mi frente y di lentamente un paso al frente. Después, desde el campo de cultivo, vi con alegría la sirena roja encendida y me acerqué…

Conseguí dormir bastante bien, gracias en parte al relajante que me había tomado la noche anterior como precaución contra posibles llamadas de teléfono adicionales de mi vecino. Me preparé un modesto desayuno con un plátano, un trozo de bizcocho que había comprado en el Cosmos y el té verde disponible en el minshuku, y me puse en marcha.

Comenzando el día con alegría.

Primera hora de la mañana en Shimanto.

Base secreta del Kuroneko.

En primer lugar, tenía que recuperar los cinco kilómetros que había dejado pendientes el día anterior respecto a la etapa propuesta por la aplicación. Temía que la salida de la ciudad fuera similar a la entrada, es decir, por carreteras con mucho tráfico… pero fue todo lo contrario. Di un rodeo para incorporarme a un camino que, a través de colinas y puentes, me permitió salir de la ciudad bordeando el río Shimanto. 

Mismo carril que recorrí con la bici el día anterior.

Como pez en el agua.

Despedida tranquila de Shimanto.

Ya en el inicio “oficial” de la etapa tenía que tomar otra decisión: camino de costa o de montaña. Probablemente el primero ofreciera mejores vistas, pero añadía otros cinco kilómetros de distancia, así que rápidamente mis piernas eligieron por mí. Atravesé varias plantaciones, visité una zona de descanso con puentes de madera y llegué hasta el pueblo de Tsukurabuchi, donde tomé mi segundo desayuno junto a un riachuelo. 

Trabajando el campo.

El puente logró no ser devorado por las plantas.

Un shot de café de una máquina cercana.

Desde el pueblo, marché por la carretera 321 durante media hora y me desvié para comenzar el tramo de montaña. Este camino llevaba hasta el Izuta Pass, con un incremento de distancia de 700 metros y una subida de casi 200 metros… pero así lograba evitar un túnel de más de un kilómetro y medio. El paso de montaña estaba perfectamente señalizado para los ohenros, con numerosos letreros e incluso pequeños mapas para encontrar el acceso. 

Dibujo para encontrar el acceso por la senda serpenteante.

¿Una cizalla de emergencia?

Empieza la subida.

Sin ser una ruta muy exigente, sí notaba cómo el sudor comenzaba a brotar por mi frente durante el ascenso hasta el paso de Izuta. Decidí buscar un sitio donde parar para quitarme algo de ropa… y ahí la vi: una serpiente. Viva, coleando y en mitad del estrecho espacio con el que yo contaba para subir. Me quedé congelado, dudando entre buscar una forma de pasar o retroceder hasta el túnel. Notaba como las gotas de sudor hacían poroporo desde mi cabeza, es decir, caían al suelo una tras otra sin que pudiera pararlas. Mi atención estaba fijada en la serpiente y, sin apartar la mirada, di lentamente un paso al frente. La serpiente no reaccionó, así que repetí el proceso hasta que crucé hasta el otro lado. Una vez me sentí seguro, hice un gesto triunfal y, desde la distancia, tomé una foto de mi inesperada compañera de viaje.

Mi querida y tranquila amiga.

Con cada rama... ¿bambú o serpiente?

Parada en un santuario para rezar.

Evidentemente, el resto del trayecto por la montaña lo pasé con la mirada clavada en el suelo, atento a cualquier otra serpiente que pudiera aparecer. Sin más sobresaltos, el camino me devolvió a la carretera 321. A menos de una hora de allí me esperaba, por fin, aquello que había ansiado durante toda la peregrinación: un puesto de takoyakis abierto. Me sentía eufórico tras mi aventura en la montaña, sin embargo, esa energía se desvaneció al ver a lo lejos el restaurante sin ninguna luz intermitente brillando cerca. Eso solo podía significar que estaba cerrado… y así fue.

Hacia el Templo 38, aunque no se llegue en esta etapa.

Con la protección necesaria para trabajar bajo el sol.

Restaurante Acchan, con su luz azul apagada.

No obstante, contaba con un plan alternativo: un segundo local de takoyakis a menos de quince minutos. Si bien mi plan original era probar los dos establecimientos, a esas alturas ya me conformaba con tomar una bolita de pulpo de uno de ellos. Desde el campo de cultivo vi con alegría la sirena roja encendida y, casi bailando, entré en Poroporo, un pequeño restaurante con una cocina y apenas cuatro mesas, situado entre la carretera y el río Shimonokae.

Restaurante Poroporo, mi templo del takoyaki.

Siempre con una sonrisa.

La dueña era una obaasan muy alegre que canturreaba mientras cocinaba. Mientras esperaba, varias personas pararon para comprar tanto takoyaki como katsuobushi para llevar. La obaasan parecía encantada de que pudiera hablar algo de japonés y, junto con los clientes de las otras mesas, me dio bastante conversación. Me sirvió entonces una decena de takoyakis con la masa en su punto: ligeramente compacta por fuera, pero con un interior que, al abrirlos, comenzaba a deshacerse poroporo, cayendo poco a poco. Por el sabor, la textura, la compañía y la atmósfera del restaurante, sé que me va a resultar difícil volver a comer unos takoyakis tan buenos. Como si la ración no hubiera sido suficiente, no pude evitar pedir también un yakisoba, que la obaasan preparó ante mí con una cantidad abundante de ingredientes.

Cómo se deshacían...

Ración para uno, pero podrían comer dos.

Pequeño osettai mientras se hacía el yakisoba.

Feliz, me despedí de todo el mundo y unas clientas se ofrecieron a llevarme en coche a mi alojamiento. Aunque un osettai siempre debe ser aceptado, no tuve más remedio que rechazar amablemente su oferta. Les expliqué que quería hacer la peregrinación entera a pie y la obaasan me preguntó preocupada por el estado de mis piernas, a lo que solo pude responder "maa maa” (más o menos) con una sonrisa. 

No hace falta nada más.

Itadakimasu.

Desde allí hice una breve parada en un combini para comprar provisiones de cara al día siguiente. Seguí el resto de la etapa por la carretera 321, con algún pequeño desvío de vez en cuando, hasta llegar a GH Okinohama, mi alojamiento para la noche. Se trataba de un hotel situado ligeramente en la ladera de la montaña, lo que me permitía escuchar desde la ventana de la habitación una curiosa mezcla de insectos, algún coche y las olas rompiendo.

Único combini de la zona.

Carretera 321, con poco movimiento al alejarme de la ciudad.

GH Okinohama.

La playa se encontraba a 20 minutos a pie, más de lo que estaba dispuesto a andar. No contaban con ninguna bicicleta que poder prestarme, así que aproveché el resto de la tarde para organizar algunos de los días siguientes y confirmar el alojamiento de Matsuyama, que me tenía preocupado. Tras un breve ofuro, cené a las 18:30 con el resto de los huéspedes. La cena fue muy variada, con distintos pescados y cortes de sashimi. Al enterarse de que venía de España, uno de los dueños me hizo bastantes preguntas, pues había estado en Madrid varias veces por cuestiones de trabajo relacionadas con Iberia.

Mi habitación para esa noche.

Cerca del puerto, buen pescado.

¿Y ahora...?

En la cama, revisé las fotos de ese día. Desde el susto con la serpiente hasta las bolitas de pulpo de la comida, sentía que había sido una jornada llena de emociones… pero quizás no las suficientes. De repente, la habitación se quedó totalmente a oscuras. Ni los interruptores ni los enchufes funcionaban, así que cogí la linterna de la habitación y fui a buscar a alguien del hotel. En mi cabeza pasaron en menos de medio minuto toda clase de escenarios, algunos más catastróficos que otros. En cuanto llegué a la planta baja, la luz regresó y me confirmaron que había sido un breve corte de luz, pero que todo estaba bien. Regresé a la habitación, dejé el móvil en la mesilla y me dormí antes de que aquel día decidiera sorprenderme una vez más.


INFORMACIÓN 

  • Fecha: 9 de noviembre de 2024.
  • Etapa: Shimanto (KM 476) - Oki (KM 495).
  • Distancia: 29,77km.
  • Templos: --
  • Alojamiento: GH Okinohama (reserva por teléfono).

Comentarios

  1. Esos Takoyakis han de saber a gloria! Cocinados por una obaasan tan risueña 🤭
    Y más tras el susto de la serpiente 🤣

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