Y vuelta: Puchi-Henro

Encendí la vela, coloqué el incienso y recé en el templo. Sentí que nunca me había ido, como si acabara de despertar de un largo sueño.

Abrí  los ojos unos minutos antes de que sonase el despertador y salté de la cama. Me vestí, revisé que llevaba todo lo necesario y lo guardé en varias bolsas de plástico dentro de la mochila. Dejé el resto de cosas en el salón, incluyendo las zapatillas con las que recorrí el Shikoku Henro. Las había traído a Japón expresamente para volver a visitar algún templo con ellas, pero la previsión meteorológica no era nada halagüeña y tenían ya varios agujeros. Mi pánico por la lluvia fue tal que decidí llevar incluso uno de los típicos paraguas transparentes, con la idea de dejarlo en alguna tienda o alojamiento si al final no me era necesario.

Abrir la puerta y ver esas siluetas en el horizonte.

Nojima House.

No hay nada como salir a caminar pronto.

Me despedí de Nojima House sobre las seis de la mañana, pero ya con bastante luz... se notaba que todavía era septiembre. El alojamiento estaba cerca del Templo 62, por lo que tenía por delante un poco más de una hora por carretera hasta llegar al desvío hacia el Templo 60, mi objetivo como puchi-henro. Si a los peregrinos que realizan el Camino de forma intermitente, como Morry-san, se les conoce como kugiri-henro, últimamente se ha puesto de moda el término puchi-henro, del francés "petit", para denominar a aquellas personas que visitan algún templo sin intención de hacer la peregrinación entera. Es un término bastante gracioso, especialmente porque mi mujer y yo lo hemos usado como apelativo cariñoso durante años sin saber que también estaba relacionado con la peregrinación.

Cerca de la estación de tren había dos combinis, el lugar ideal para adquirir los víveres para estos días. En el Family Mart compré algo de comida y agua, además de mi sagrado café Georgia y un sándwich de huevo y un FamiChiki para desayunar. Lo que no tenían era fruta, salvo una  gelatina para niños, así que paré también en el 7-Eleven, donde lamentablemente no tenían mandarinas de Ehime, pero sí unos plátanos. 

No es mi típico desayuno, pero...

Mis piernas agradecen el potasio.

Carretera nacional 11. 

El comienzo de la etapa fue increíble. A los pocos minutos comenzó a caer una ligera lluvia, pero no me bajó el ánimo: me puse la capa de agua y empecé a darle uso al paraguas. Mis sentidos estaban pendientes de todo lo que me rodeaba: el graznido de los cuervos, el sonido del bastón que Marilo-san me había prestado contra el suelo, el reverberar de la campanita, el brillo de los campos, el despertar de las montañas bajo la niebla... Nunca había estado en ese tramo de la carretera 11, pero a lo lejos creí reconocer un centro comercial en el que sí había entrado.

Ohenro callejeando.

Me había olvidado de ellas.

Quiero volver a ver montañas y encontrar un lugar donde pueda descansar.

Al rato me di cuenta de que no tenía que seguir la carretera a Matsuyama, sino que podía callejear como a mí me gusta. Saltando de calle en calle, cruzando varios puentes sin tocar con el bastón para no despertar a Kukai y equivocándome de dirección más de una vez, llegué al cruce con la carretera 147, la que me llevaría de nuevo al Templo 60. En la intersección, además de varios santuarios, me encontré con mi primera señal del Shikoku Henro de la etapa.

Vas bien, peregrino.

Esta flor la he visto yo en un anime...

Cuidado, que casi te piso.

Como ya estaba en camino, sustituí Google Maps por la aplicación Henro Helper para guiarme en caso de dudas. Y me surgieron nada más empezar, pues no recordaba esa carretera tan poblada. En mi mente era una ruta inhóspita, sin tantas casas construidas a sus lados... aunque quizás no me había fijado tanto la vez pasada al ser todavía de noche. Al subir por la carretera 147, me crucé con varias personas con las que intercambié el ohayo gozaimasu protocolario. 

¿Han construído mucho o no me fijé?

Preparando el reparto.

Granja de máquinas expendedoras.

Llegado un punto, la carretera se tornó más estrecha, las casas fueron desapareciendo y el camino se transformó en un entorno más salvaje, el que se había quedado grabado en mi memoria. Por un momento, sentí que nunca me había ido del Shikoku Henro, como si acabara de despertar de un largo sueño. Hice una parada en un michi no eki para colocar el paraguas en un lateral de la mochila y dejar que las gotas de lluvia me refrescasen. Poco después, se me escapó un exabrupto cuando un pequeño jabalí cruzó a toda velocidad a solo unos metros delante de mí. Mi primer instinto fue seguirlo para intentar avistarlo desde más cerca, pero rápidamente imaginé que donde hay una cría seguramente hay una madre... 

Ohenro guareciéndose de la llovizna.

El castillo ambulante.

En menos de un mes empieza la temporada.

No quería enfrentarme a un animal asustado, así que avancé despacio intentando captar algún ruido procedente de la arboleda. A lo lejos, en la propia carretera, se escuchaba un ruido que no era capaz de identificar. Al girar una curva descubrí que se trataba de otro ohenro que, además de llevar una mochila, cargaba con un equipaje con ruedas. Le alcancé, nos saludamos y continué a mayor velocidad preguntándome cómo haría ese peregrino para visitar los templos más inaccesibles.

¿Qué puede aparecer? ¿Un jabalí?

Con la casa a cuestas, un katatsumuri-henro.

Esas ropas... ¿pasaste por Santiago de Compostela?

El aliento comenzaba a faltarme al llegar al área de descanso de Yuunami. Dejé la mochila en la cabaña y entré a los baños a lavarme los dientes. Justo estaba el responsable de limpieza trabajando, pero no me puso ningún problema. En el espejo sonreí al ver cómo en mi frente y en la camiseta ya se habían mezclado el sudor y la lluvia... no era lo mismo subir en septiembre que en noviembre. Mientras escribía en la libreta de firmas guardada en la cabaña, el hombre de la limpieza sacó un horagai, una trompeta tradicional de caracola y la hizo sonar. Le pregunté la razón y, tras una explicación que no entendí, lo resumió en una frase: "Para la montaña". 

Área de descanso Yuunami.

Uno de los cuadernos para firmas.

Yama no tame.

Y hacia allí fui, a la montaña. Un tramo de dos kilómetros, con una elevación de 500 metros y varios puentes de troncos y piedras para ir bordeando una caída de agua. Tan bonito como lo recordaba... pero me resultó mucho más duro. Tuve que hacer pequeñas paradas debido al cansancio y, aunque en realidad solo me llevó unos pocos minutos más que en 2024, sentía que no estaba preparado para mi itinerario. Si bien era verdad que mi estado físico no era tan bueno como dos años atrás, tampoco fui justo conmigo mismo al comparar hacer esta etapa después de seis semanas andando con recorrerla el primer día... pero mi cabeza estaba nublada por la pesadumbre.

Comido por el musgo, atravesado por el río.

¿Qué haría sin las cuerdas?

Pureza: perfecciona el camino del peregrino.

Cuando vi desde abajo el sanmon del Templo 60 (Yokomineji) solté un fuerte suspiro. Había llegado, ya pensaría después qué hacer con el siguiente tramo. Me coloqué ante la puerta y, bajo la mirada atenta de los dioses guardianes Fujin y Raijin, hice una reverencia. Crucé al otro lado y me detuve a observar cómo el templo se materializaba lentamente de entre la niebla. Me senté antes de atravesar la segunda entrada y tomé un tentempié para reponer fuerzas. Eran las diez de la mañana, una hora más tarde de lo que me hubiera gustado, aunque me daba igual. Ya no tenía prisa, había aceptado que si me faltaba el tiempo o las fuerzas, podía utilizar algún medio de transporte público.

Unos pocos escalones más...

Sanmon del Templo 60.

Solo puedo ver este templo bajo la lluvia.

Me lavé las manos y la boca en el temizu y subí las escaleras a la parte superior del templo, donde están los dos edificios principales. El olor del incienso que acababan de colocar dos peregrinos me sacudió por dentro. Me contuve y bajé a la oficina de sellos a adquirir velas y senko para los ritos. En un banco junto al Hondo, rellené el osamefuda con los cánticos de otro ohenro de fondo. En ese momento dejé de reprimirme y lloré todo lo que necesité. Encendí la vela, coloqué el incienso y recé ante el Hondo y el Daishido las mismas peticiones y gratitudes que entonces, especialmente por mi abuela y por Goyo. Toqué una vez la campana y respiré.

Temizu.

Recibió un sugegasa como osettai.

Sutras e incienso.

En la oficina de sellos tenían el calefactor que me salvó la otra vez, ahora apagado. La obaasan me preguntó por mi viaje, me selló la página sobre los sellos anteriores sin volver a firmar y me regaló un par de dulces como osettai. Compré varias bebidas para el resto de la etapa y vi llegar al peregrino del carrito, que lo había dejado en el área de descanso para poder llegar hasta allí. No quería dejar de ser puchi-henro, pero debía cumplir al menos una parte de mi plan de ruta para llegar a mi alojamiento. Con una mezcla de tristeza, añoranza y cariño salí del Templo 60 dedicándole una última reverencia a su sanmon.

Campanario y Hondo.

Primer goshuin duplicado.

Oficina de sellos.

Desde aquí el camino era totalmente nuevo. Ni volvía sobre mis pasos ni descendía hacia el Templo 61, mi siguiente parada me exigía subir un poco más. A escasos diez minutos se encontraba el okunoin del Templo 60, con un pequeño torii rodeado por las montañas. Sin duda merece la pena llegar hasta allí si se esta haciendo la peregrinación aunque implique un pequeño desvío.

¿Se volverán a cruzar nuestros caminos una tercera vez?

Hacia el okunoin o hacia el templo principal.

Torii como faro en el monte.

El siguiente tramo fue un descenso por el lado contrario de la montaña. Tras casi resbalar, recordé que los tramos de piedras, por muy brillantes que estuvieran, no debían contar con mi total confianza. Aumenté el ritmo, sorteé los árboles caídos, evité las áreas más inundadas... me sentía lleno de energía, tanto que mi itinerario inicial volvía a estar sobre la mesa. Aplacé la decisión hasta que acabase la bajada y valorase lo que me quedaba por delante.

Parecía terreno seguro... y no.

No se aprecia su tamaño.

Ojalá esta consideración en otras rutas.

Antes de llegar a la carretera escuché fuertes ruidos de animales. Ladridos de varios perros retumbaban y yo solo deseaba que estuvieran atados o dentro de un recinto. No fue así. Cuatro perros gruñían en mi dirección desde una zona de obras, y uno de ellos vino directo hacia a mí, bloqueándome el paso. Ni los movimientos suaves ni el tono calmado consiguieron tranquilizar al guardián del cruce, que me obligó a retirarme al lado contrario de la carretera. Miré a mi alrededor y, al no ver una ruta alternativa, pedí ayuda en japonés, pero nadie respondió. Mostrando el bastón y con voz firme, avancé hacia el perro. Nos movimos en un círculo imaginario, él protegiendo su recinto y yo aproximándome al puente, que crucé sin dar la espalda a mi adversario.

No quería jugar.

Puente bloqueado, hay que derrotar al jefe final.

¿Seguir esta carretera o subir por el monte?

Entre la bajada y el encuentro con los perros, me sentía con la barra de energía a tope, así que ya no había marcha atrás. Hice una breve parada en un garaje para reorganizar la mochila y cambiarme la capa de agua por un poncho de Daiso... terrible idea, aunque en mi cabeza sonase bien. Un motorista paró y se refugió conmigo para cambiarse de ropa. Me preguntó por mi destino y le dije que iba a Joju, en la séptima estación de la montaña Ishizuchi. Su cara mostró la misma sorpresa que la de Taniguchi-san cuando entendió que no iba a coger el teleférico, sino que iba a subir andando, y me deseó mucha suerte.

Ohenro convenciéndose a sí mismo.

Camino seguro... camino peligroso...

Y comencé la nueva subida: 1200 metros en poco más de seis kilómetros. El sendero estaba muy descuidado, se notaba que no recibía muchos visitantes. Tras media hora, busqué cobijo bajo un árbol y me tomé los inarizushi acompañados de Pocari Sweat, la mejor bebida para las largas caminatas. La lluvia volvía a apretar y el poncho había demostrado ser un fiasco. Al revisar mis cosas, recordé que tenía libre albedrío y que estar en mitad de la montaña no tenía por qué ser un impedimento para protegerme de la lluvia como pudiera. Retomé entonces el camino, con poncho puesto, bastón en la mano derecha y paraguas en la mano izquierda. Avanzaba despacio, pero dentro de una pequeña cúpula a prueba de gotas de lluvia.

Hubiera sido útil un refugio en buen estado.

Itadakimasu.

Otro soldado caído.

El sendero se fusionó con una carretera, lo que me permitió descansar las piernas gracias a su menor pendiente. Sin embargo, en la aplicación de Henro Helper sí se indicaba que el sendero continuaba cruzando la carretera. Tras varias curvas, descubrí que el sendero sí existía, pero probablemente los montañistas optasen por la carretera y ese tramo hubiera quedado totalmente en desuso. Las señales me indicaron cuándo regresar al camino entre los árboles y me crucé con varias cabañas que habrían podido ser utilizadas como refugio para descansar unos minutos, pero todas ellas estaban derruidas. El lado bueno de no tener dónde parar es que me centré en andar, ya que quería llegar antes de que cayera la noche.

Vara como Gandalf, paraguas como Hagrid.

Qué ilusión encontrar el camino ya en el otro lado.

Saltamos los dos a la vez cuando cruzó cerca de mí.

Los árboles desaparecieron momentáneamente, señal de que había llegado a las pistas de esquí cercanas a Joju. Dejé a la izquierda el teleférico que me podría haber ahorrado las cuatro horas de subida y continué por el bosque otro kilómetro hasta llegar al santuario. Estaba agotado y congelado por la lluvia, pero un cartel de helados de una tienda captó mi atención y entré para pedir uno. El dueño se acercó y me mostró una lista con mi nombre... ya estaba en Jojuya Shiraishi Ryokan, mi alojamiento para las dos siguientes noches, que yo creía que se encontraba en el bloque de enfrente.

Subir todo esto con nieve...

Entrada a Joju.

Tienda de recuerdos del alojamiento.

El dueño me mostró mi habitación y me entregó como regalo un dulce y cuatro mikan; conseguí las mandarinas de Ehime que no había encontrado por la mañana. Me preparó el helado y, minutos después, me avisó de que el ofuro estaba preparado. Sabía que no tenían onsen y no se me había ocurrido preguntar al hacer la reserva por el ofuro, que fue justo el tratamiento que necesitaba para recuperar la temperatura.

Habitación y el osettai perfecto.

A pesar del color radiactivo, un baño muy relajante.

Flotando, gracias a la bajada de tensión provocada por la alta temperatura del agua, llegué a mi habitación y tomé el sándwich que había comprado por la mañana. Dejé la ropa secándose frente al ventilador y hablé un poco con mi familia antes de caer rendido sobre el futón. Ohenro por un día... pero menudo día.


¡Hasta la próxima!

また!


INFORMACIÓN 

  • Fecha: 27 de septiembre de 2026.
  • Distancia: 30,47km.
  • Templos: T60.
  • Alojamiento: Jojuya Shiraishi Ryokan (reserva por Trip).

Comentarios

  1. Madre mía, menuda aventura!! Vaya pateada guapa jeje
    Y menos mal que no fuiste a por el jabalí 🤣 con los perros bastó....

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