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| Furgoneta blanca tipo cubo, modelo de éxito en el inaka. |
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¿Se escuchan los graznidos?
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| Es costumbre dejar bebidas a los pies de los santuarios. |
Me
desvié para visitar brevemente un okunoin del Templo 22. Dejé atrás la
carretera principal y continué por un camino asfaltado, rodeado de muros de
piedra y árboles, pero sin nadie a mi alrededor. De repente, escuché un ruido y
vi varias figuras al final de la carretera… un grupo de yamazaru (monos de
montaña). En cuanto me vieron, corrieron a esconderse entre los árboles más
cercanos. Me quedé quieto un segundo y poco a poco retomé el paso, despacio,
para no alarmarles. Al pasar cerca de los árboles, me mantuve a una distancia
prudencial y los busqué con la mirada. Entre el follaje, detecté unos ojos
oscuros mirándome… y se desató la tormenta. Me lanzaron ramas y me chillaron, por
lo que interpreté que era el momento idóneo para acelerar el paso y distanciarme.
Desde unos metros más lejos, pude observar cómo paseaban por los árboles e
incluso se atrevían a bajar momentáneamente a la carretera.
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| Cucú. |
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| Yamazaru paseando de árbol a árbol. |
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| Pasado el peligro, vuelven con cautela al camino. |
Tomé
la bifurcación que llevaba por la presa de Fukui. En vez de seguir el camino
marcado, me acerqué a los merenderos para hacer alguna fotografía. Decidí que
era una buena idea, en vez de dar media vuelta, subir por las escaleras de la
presa, a pesar de que estaban valladas. Empecé con cuidado, ya que eran
bastante inclinadas. En el último tramo utilicé el bastón para apartar una
telaraña, pues días anteriores se me habían pegado en la cara varias por no
verlas, y me saltó una araña colorida de buen tamaño. Subí el resto de las
escaleras rápidamente, salté la valla y guardé la partida en el puente de la
presa… estas cosas pasan cuando se abandona el camino habitual.
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| Presa de Fukui. |
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| Resayuno en la presa. |
Recuperé fuerzas con un cocoa y un melon pan salado, fui al servicio de la presa y continué con la
etapa. El camino era similar a donde me crucé con los monos. De hecho, varias
veces tuve que parar al escuchar ruidos y no saber si se trataba nuevamente de
los yamazaru o sencillamente eran pájaros que pasaban por ahí. Respiré al
alcanzar la carretera y me tocó atravesar mi primer túnel… breve y con arcén,
por suerte.
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| Un tanuki, de éste no hay que temer que te ataque. |
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| Buena iluminación y con arcén, todo bien. |
En
los siguientes kilómetros, las indicaciones a los peregrinos estaban señaladas
con graciosas figuras en forma de ohenro, donde se informaba también del baño
más cercano. Los bordes del camino volvieron a adornarse con algunas casas, en
ocasiones de aspecto abandonado. Me acerqué a una de ellas por curiosidad y
abrí lentamente su puerta corredera. Me sorprendió ver que su interior estaba
siendo renovado, ¿alguien le estaría dando una segunda vida a la zona? El
camino siguió llevándome entre las casas, hasta desembocar en un bosque.
Antes de adentrarme, dejé la mochila en un bordillo y descansé la espalda.
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| Kawaii! |
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| Sin la ropa colgada y las plantas arregladas, no sabría si están habitadas. |
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| Buen bordillo para colgar las piernas y descansar. |
En
el bosque se escondía una pendiente de 2% durante cinco kilómetros, aunque
agradecí abandonar el asfalto. Además, al llegar al paso de Kaitani, me
esperaba una pequeña recompensa: un merendero, un columpio y unas buenas
vistas… ¡del mar! Por primera vez durante la peregrinación veía el mar en
condiciones. Sabía que me acompañaría durante muchos kilómetros en las próximas
semanas, pero me ilusionó igualmente poder verlo desde ahí.
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Paso de Kaitani.
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| Merendero que aprovechar con el buen tiempo. |
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| Un impulso hacia atrás... |
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| ...y a disfrutar del océano Pacífico. |
Descendí
con cuidado y me topé con otro cartel de información, que me indicó que la
distancia al Templo 23 era de quince kilómetros… lo cual fue extraño, ya que
antes de cruzar el paso de Kaitani en otro cartel había visto ya una
distancia inferior. Esto me desinfló un poco los ánimos, aunque por poco
tiempo: tras unos minutos, pasadas las vías de un tren, ¡estaba el mar! Corrí
emocionado hasta la playa y anduve un rato por la arena, disfrutando del olor a sal.
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| Con mochila, este tramo pareció una prueba ninja. |
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| Playa Tainohama. |
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| Eki no michi con pequeño mirador. |
Volví
al camino y seguí las vías del tren, dejando el mar atrás unos instantes. Mi
siguiente parada fue Kiki, un pequeño pueblo a orillas del mar. Probablemente
de origen pesquero, todavía quedaban algunos barcos en su puerto, aunque sus
mejores días habían quedado atrás. Muchas de sus casas parecían vacías o mal
conservadas. Únicamente me crucé por sus calles con una de sus habitantes, una
señora mayor que andaba tranquilamente con su andador… de hecho, me recordó a
mi abuela.
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| Puerto de Kiki. |
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| Obaasan paseando por sus calles. |
Para
los ohenros, Kiki es un lugar ideal para hacer una breve parada, ya que cuenta
con una tienda de ultramarinos. En su interior estaba la dueña y otras dos
amigas, tres obaasan que no dejaban de charlar alegremente mientras yo
curioseaba sus estrechos pasillos. Me regalaron un filete de pescado empanado
como osettai e intercambiamos algunas palabras. Una de las amigas me enseñó un
amuleto en forma de zapato que creí entender que estaba relacionado con
Shikoku. Tomé algunas fotografías del pueblo y marché con un nudo en el
estómago… ¿cuánta vida les quedará a estos pueblos?
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| Niiya, pequeña tienda de pueblo. |
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| ¿Un amuleto para proteger los pies? |
Continué
hasta llegar de nuevo a la playa y desde una Eki no michi escuché unas voces
que me llamaban: eran Weng-san y su silencioso amigo, cuyo autobús les había
dejado unos kilómetros atrás. Charlamos un rato mientras tomaba el filete de
pescado y un café con caramelo (benditas máquinas expendedoras). Dejé a mis
compañeros en la cabaña y me adentré por un camino de tierra atravesando un
bosque, con el sonido de las olas de fondo… y, a las doce del mediodía, sonó la
música dando la hora desde algún megáfono cercano.
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| El café de medio día con Weng-san y su silencioso amigo. |
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| Santuario frente al mar. |
Tras
este breve tramo, llegué al camping de Ebisuhama. Visualmente me pareció
precioso, por la intensidad del color verde del césped y el azul del mar… pero
¿dónde estaba la gente? Los edificios, de nueva construcción, parecían
totalmente vacíos, por lo que supuse que sería un destino de recreo para fines
de semana y vacaciones. En el edificio próximo al puerto vi a un hombre y pensé
en preguntarle por estas instalaciones, sin embargo, entró antes de que pudiera
acercarme, dejándome con mis dudas.
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| Serpenteando al camping de Ebisuhama. |
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| Las nubes empiezan a adueñarse del cielo. |
Desde
la carretera ya se distinguía Hiwasa, la localidad donde me alojaba esa noche.
Por si no había andado suficiente, me desvié para recorrer un pequeño cabo,
debajo del cual se encuentra la cueva Ebisu. Creo que en otra época del año es
posible ver tortugas marinas allí, aunque yo solo encontré olas chocando con
las rocas.
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| Recorriendo el cabo. |
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| Ni tortugas ni dragones, pero sí un fuerte viento. |
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| El ohenro y el mar. |
Al
regresar a la carretera principal, me encontré de nuevo a Weng-san y a su
amigo, y entramos los tres juntos en Hiwasa. Me despedí de ellos hasta la tarde
y fui a dar una vuelta por el pueblo. Paseé por el santuario Hachiman, situado
en una gran explanada, lugar de celebración del festival del pueblo en octubre.
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| Santuario Hachiman. |
A
unos pocos metros se encontraba la playa Ohama, desde donde vi el santuario
Tatejima: un torii rojo situado en una pequeña isla. Me acerqué por el malecón,
con gotas de lluvia comenzando a caer por mi cara y el sonido de fondo de las
cañas de un par de pescadores cayendo al agua. Recordé el torii que me había
regalado mi pareja un año atrás y sonreí pensando en ella. Me paré a disfrutar de
las vistas… uno de los lugares más bonitos que encontré.
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| Pareja frente a la playa de Ohama. |
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| Santuario Tatejima. |
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| Cazador cazado. |
Rehíce
mis pasos por el malecón y rodeé el puerto, donde un pescador y un ave
compartían sitio sin molestarse. Desde la salida del puerto, en lo alto de una
colina al otro lado del agua, se veía el castillo de Hiwasa, aunque no se podía
visitar. Un grupo de estudiantes de primaria, todos con sus chalecos amarillos,
habían salido de excursión a pescar cerca del puerto. Se les veía contentísimos
con sus cañas y cebos, y yo me pregunté: ¿mis excursiones de pequeño eran tan
útiles y divertidas?
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| ¿Buscando la misma presa? |
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| Castillo de Hiwasa. |
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| De excursión. |
Finalmente,
alcancé el puente rojo de Hiwasa, con el templo del pueblo de fondo. Callejeé y
llegué hasta Ichi the Hostel, mi alojamiento de esa noche. La cama no estaba
todavía preparada, pero el dueño me permitió dejar las cosas en la entrada. Tomé
mi bolsa de peregrino y mi bastón, y anduve los últimos cinco minutos hasta el
templo. Delante de mí había una niña que parecía estar volviendo a casa de la
escuela y, en cada paso de cebra, se giraba a mirarme, con una mezcla de curiosidad
y miedo. Antes de entrar en el templo, me acerqué a saludarla y le di un
caramelo. Ella continuó su camino mirando el caramelo, quizás decidiendo si
podía tomarlo o no.
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| Puente de Hiwasa con el Templo 23 de fondo. |
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| Ichi the Hostel. |
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| ¿Se llegó a comer el caramelo? |
El
Templo 23 (Yakuo-ji) es el último templo de la prefectura de Tokushima, además
del único de la prefectura desde el que se puede ver el océano. Cuenta con tres
tramos de escaleras para evitar la mala suerte: uno de 33 peldaños (para las
mujeres), otro de 42 peldaños (para los hombres) y un tramo de 61 peldaños
(para las personas mayores). El número de peldaños está determinado por el yakudoshi, o edad de mala suerte. Su mayor atractivo es su pagoda de 29 metros, llamada
Yugito, con una forma que me recordó a un faro. Tras hacer los ritos y conseguir
el sello, me ofrecí a hacer una foto a una pareja de peregrinos que después
insistieron en que nos hiciéramos una foto los tres juntos.
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| Hondo del Templo 23. |
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| Se dejan monedas en los laterales de las escaleras para evitar la mala suerte. |
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| Ohenros contentos tras visitar el Templo 23. |
Las
tripas me sonaban y busqué en Google Maps restaurantes cercanos. Comí un
monjayaki (similar al okonomiyaki, pero con masa menos densa) y me regalaron la
bebida como osettai. Di una vuelta por la estación de tren y por la oficina de turismo,
donde conseguí varios sellos para mi otra libreta, y fui a una farmacia que milagrosamente tenía un cable compatible con el de mi teléfono móvil, que
estaba bastante destrozado.
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| Restaurante de monjayaki. |
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| Oficina de turismo en la estación de Hiwasa. |
Volví
a Ichi the Hostel y tuve el tiempo justo para darme una ducha y poner una
lavadora. Había pensado coger una de las bicicletas del alojamiento para ir a un
onsen a las afueras del pueblo, pero la lluvia no acababa de desaparecer, así
que deseché la idea. Mientras la ropa se lavaba hablé un poco con los otros
huéspedes. Ninguno de ellos estaba haciendo la peregrinación, o al menos
entera. Un chico había decidido hacer algunas de las etapas más destacadas Una
señora mayor llevaba varios días en Hiwasa, con la intención de conocer un poco
mejor el día a día de ese pueblo. Me contó que unos días atrás, en un pueblo
cercano, se había celebrado una fiesta anual de la langosta y me enseñó fotos
de la comida… qué envidia sana me dio.
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| Pequeño pub del dueño del hostel. |
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| Esa noche tocaba dormir con más gente. |
A
las 18:30 fui a buscar a Weng-san y a su amigo el silencioso a su hostel,
Sakura-ya. Mientras les esperaba, charlé en español con la dueña, Emi, que
vivió un tiempo en Barcelona. Cuando bajaron mis compañeros taiwaneses, fuimos
los tres juntos a cenar a Hiwasaya, un pequeño restaurante en el centro del
pueblo. Fue una cena por todo lo alto: pollo awa odori, tofu, sashimi, shiitake,
tamagoyaki, una buena botella de shochu… Entre plato y plato, compartimos
historias del camino y Weng-san me habló sobre su antigua empresa. Los acompañé
hasta su hostel y me despedí de ellos con un buen abrazo, iba a echar de menos
encontrármelos por sorpresa en rincones inesperados…
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| Restaurante Hiwasaya. |
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| Manjares acompañados de un buen shochu. |
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| Mata kondo, tomodachi. |
Caían
algunas gotas de lluvia ya en la noche cerrada. A pesar de ello, me dirigí de
nuevo al templo. Me crucé con dos huéspedes del hostel que regresaban justo de
ahí y me ofrecieron su paraguas, que rechacé amablemente. El templo estaba
vacío, ni un alma. Algunas luces iluminaron mis pasos hasta llegar de nuevo al
Yugito, desde donde volví a ver el océano, ahora una masa oscura al fondo. Disfruté
el silencio y la intimidad de la noche, y recé de nuevo.
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| Calle de Hiwasa por la noche. |
Que pasada pasar de la montaña al mar!!
ResponderEliminarMe está encantando leerte. Es algo que dudo que yo pueda realizar (todo a pie) y por tanto me encanta vivirlo q través de tus palabras!
Muchas gracias por comentar siempre, Verónica. Para mí está siendo un regalo el poder vivirlo de nuevo a través de recuerdos y fotos. En unas semanas retomaré de nuevo, que ahora las obligaciones académicas están ocupando todo mi tiempo...
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