Día 8: Yamazaru

Al pasar cerca de los árboles, me mantuve a una distancia prudencial y los busqué con la mirada. Entre el follaje, detecté unos ojos oscuros mirándome… y se desató la tormenta.

Dormí casi del tirón, aunque el colchón no era el mejor del mundo. Recogí todo, cambié la tarjeta SIM (llevaba varias para toda la peregrinación) y al salir encontré la primera sorpresa del día: dos ranitas, una apoyada en el pomo de la puerta y otra en la ventana.

Buenos días, maja.

Volví a la ruta marcada en la app y a los diez minutos hice una parada en un pequeño santuario para calentar. Después, seguí tranquilamente por la carretera, disfrutando del sonido de los pájaros y paseando entre algunas casas mientras el pueblo se despertaba.

Furgoneta blanca tipo cubo, modelo de éxito en el inaka.

¿Se escuchan los graznidos?

Es costumbre dejar bebidas a los pies de los santuarios.

Me desvié para visitar brevemente un okunoin del Templo 22. Dejé atrás la carretera principal y continué por un camino asfaltado, rodeado de muros de piedra y árboles, pero sin nadie a mi alrededor. De repente, escuché un ruido y vi varias figuras al final de la carretera… un grupo de yamazaru (monos de montaña). En cuanto me vieron, corrieron a esconderse entre los árboles más cercanos. Me quedé quieto un segundo y poco a poco retomé el paso, despacio, para no alarmarles. Al pasar cerca de los árboles, me mantuve a una distancia prudencial y los busqué con la mirada. Entre el follaje, detecté unos ojos oscuros mirándome… y se desató la tormenta. Me lanzaron ramas y me chillaron, por lo que interpreté que era el momento idóneo para acelerar el paso y distanciarme. Desde unos metros más lejos, pude observar cómo paseaban por los árboles e incluso se atrevían a bajar momentáneamente a la carretera.

Cucú.

Yamazaru paseando de árbol a árbol.

Pasado el peligro, vuelven con cautela al camino.

Tomé la bifurcación que llevaba por la presa de Fukui. En vez de seguir el camino marcado, me acerqué a los merenderos para hacer alguna fotografía. Decidí que era una buena idea, en vez de dar media vuelta, subir por las escaleras de la presa, a pesar de que estaban valladas. Empecé con cuidado, ya que eran bastante inclinadas. En el último tramo utilicé el bastón para apartar una telaraña, pues días anteriores se me habían pegado en la cara varias por no verlas, y me saltó una araña colorida de buen tamaño. Subí el resto de las escaleras rápidamente, salté la valla y guardé la partida en el puente de la presa… estas cosas pasan cuando se abandona el camino habitual.

Presa de Fukui.

Resayuno en la presa.

Recuperé fuerzas con un cocoa y un melon pan salado, fui al servicio de la presa y continué con la etapa. El camino era similar a donde me crucé con los monos. De hecho, varias veces tuve que parar al escuchar ruidos y no saber si se trataba nuevamente de los yamazaru o sencillamente eran pájaros que pasaban por ahí. Respiré al alcanzar la carretera y me tocó atravesar mi primer túnel… breve y con arcén, por suerte.

Un tanuki, de éste no hay que temer que te ataque.

Buena iluminación y con arcén, todo bien.

En los siguientes kilómetros, las indicaciones a los peregrinos estaban señaladas con graciosas figuras en forma de ohenro, donde se informaba también del baño más cercano. Los bordes del camino volvieron a adornarse con algunas casas, en ocasiones de aspecto abandonado. Me acerqué a una de ellas por curiosidad y abrí lentamente su puerta corredera. Me sorprendió ver que su interior estaba siendo renovado, ¿alguien le estaría dando una segunda vida a la zona? El camino siguió llevándome entre las casas, hasta desembocar en un bosque. Antes de adentrarme, dejé la mochila en un bordillo y descansé la espalda.

Kawaii!

Sin la ropa colgada y las plantas arregladas, no sabría si están habitadas.

Buen bordillo para colgar las piernas y descansar.

En el bosque se escondía una pendiente de 2% durante cinco kilómetros, aunque agradecí abandonar el asfalto. Además, al llegar al paso de Kaitani, me esperaba una pequeña recompensa: un merendero, un columpio y unas buenas vistas… ¡del mar! Por primera vez durante la peregrinación veía el mar en condiciones. Sabía que me acompañaría durante muchos kilómetros en las próximas semanas, pero me ilusionó igualmente poder verlo desde ahí.

Paso de Kaitani.

Merendero que aprovechar con el buen tiempo.

Un impulso hacia atrás...

...y a disfrutar del océano Pacífico.

Descendí con cuidado y me topé con otro cartel de información, que me indicó que la distancia al Templo 23 era de quince kilómetros… lo cual fue extraño, ya que antes de cruzar el paso de Kaitani en otro cartel había visto ya una distancia inferior. Esto me desinfló un poco los ánimos, aunque por poco tiempo: tras unos minutos, pasadas las vías de un tren, ¡estaba el mar! Corrí emocionado hasta la playa y anduve un rato por la arena, disfrutando del olor a sal.

Con mochila, este tramo pareció una prueba ninja.

Playa Tainohama.

Eki no michi con pequeño mirador.

Volví al camino y seguí las vías del tren, dejando el mar atrás unos instantes. Mi siguiente parada fue Kiki, un pequeño pueblo a orillas del mar. Probablemente de origen pesquero, todavía quedaban algunos barcos en su puerto, aunque sus mejores días habían quedado atrás. Muchas de sus casas parecían vacías o mal conservadas. Únicamente me crucé por sus calles con una de sus habitantes, una señora mayor que andaba tranquilamente con su andador… de hecho, me recordó a mi abuela.

Puerto de Kiki.

Obaasan paseando por sus calles.

Para los ohenros, Kiki es un lugar ideal para hacer una breve parada, ya que cuenta con una tienda de ultramarinos. En su interior estaba la dueña y otras dos amigas, tres obaasan que no dejaban de charlar alegremente mientras yo curioseaba sus estrechos pasillos. Me regalaron un filete de pescado empanado como osettai e intercambiamos algunas palabras. Una de las amigas me enseñó un amuleto en forma de zapato que creí entender que estaba relacionado con Shikoku. Tomé algunas fotografías del pueblo y marché con un nudo en el estómago… ¿cuánta vida les quedará a estos pueblos?

Niiya, pequeña tienda de pueblo.

¿Un amuleto para proteger los pies?

Continué hasta llegar de nuevo a la playa y desde una Eki no michi escuché unas voces que me llamaban: eran Weng-san y su silencioso amigo, cuyo autobús les había dejado unos kilómetros atrás. Charlamos un rato mientras tomaba el filete de pescado y un café con caramelo (benditas máquinas expendedoras). Dejé a mis compañeros en la cabaña y me adentré por un camino de tierra atravesando un bosque, con el sonido de las olas de fondo… y, a las doce del mediodía, sonó la música dando la hora desde algún megáfono cercano. 

El café de medio día con Weng-san y su silencioso amigo.

Santuario frente al mar.

Tras este breve tramo, llegué al camping de Ebisuhama. Visualmente me pareció precioso, por la intensidad del color verde del césped y el azul del mar… pero ¿dónde estaba la gente? Los edificios, de nueva construcción, parecían totalmente vacíos, por lo que supuse que sería un destino de recreo para fines de semana y vacaciones. En el edificio próximo al puerto vi a un hombre y pensé en preguntarle por estas instalaciones, sin embargo, entró antes de que pudiera acercarme, dejándome con mis dudas.

Serpenteando al camping de Ebisuhama.

Las nubes empiezan a adueñarse del cielo.

Desde la carretera ya se distinguía Hiwasa, la localidad donde me alojaba esa noche. Por si no había andado suficiente, me desvié para recorrer un pequeño cabo, debajo del cual se encuentra la cueva Ebisu. Creo que en otra época del año es posible ver tortugas marinas allí, aunque yo solo encontré olas chocando con las rocas.

Recorriendo el cabo.

Ni tortugas ni dragones, pero sí un fuerte viento.

El ohenro y el mar.

Al regresar a la carretera principal, me encontré de nuevo a Weng-san y a su amigo, y entramos los tres juntos en Hiwasa. Me despedí de ellos hasta la tarde y fui a dar una vuelta por el pueblo. Paseé por el santuario Hachiman, situado en una gran explanada, lugar de celebración del festival del pueblo en octubre.

Santuario Hachiman.

A unos pocos metros se encontraba la playa Ohama, desde donde vi el santuario Tatejima: un torii rojo situado en una pequeña isla. Me acerqué por el malecón, con gotas de lluvia comenzando a caer por mi cara y el sonido de fondo de las cañas de un par de pescadores cayendo al agua. Recordé el torii que me había regalado mi pareja un año atrás y sonreí pensando en ella. Me paré a disfrutar de las vistas… uno de los lugares más bonitos que encontré.

Pareja frente a la playa de Ohama.

Santuario Tatejima.

Cazador cazado.

Rehíce mis pasos por el malecón y rodeé el puerto, donde un pescador y un ave compartían sitio sin molestarse. Desde la salida del puerto, en lo alto de una colina al otro lado del agua, se veía el castillo de Hiwasa, aunque no se podía visitar. Un grupo de estudiantes de primaria, todos con sus chalecos amarillos, habían salido de excursión a pescar cerca del puerto. Se les veía contentísimos con sus cañas y cebos, y yo me pregunté: ¿mis excursiones de pequeño eran tan útiles y divertidas?

¿Buscando la misma presa?

Castillo de Hiwasa.

De excursión.

Finalmente, alcancé el puente rojo de Hiwasa, con el templo del pueblo de fondo. Callejeé y llegué hasta Ichi the Hostel, mi alojamiento de esa noche. La cama no estaba todavía preparada, pero el dueño me permitió dejar las cosas en la entrada. Tomé mi bolsa de peregrino y mi bastón, y anduve los últimos cinco minutos hasta el templo. Delante de mí había una niña que parecía estar volviendo a casa de la escuela y, en cada paso de cebra, se giraba a mirarme, con una mezcla de curiosidad y miedo. Antes de entrar en el templo, me acerqué a saludarla y le di un caramelo. Ella continuó su camino mirando el caramelo, quizás decidiendo si podía tomarlo o no.

Puente de Hiwasa con el Templo 23 de fondo.

Ichi the Hostel.

¿Se llegó a comer el caramelo?

El Templo 23 (Yakuo-ji) es el último templo de la prefectura de Tokushima, además del único de la prefectura desde el que se puede ver el océano. Cuenta con tres tramos de escaleras para evitar la mala suerte: uno de 33 peldaños (para las mujeres), otro de 42 peldaños (para los hombres) y un tramo de 61 peldaños (para las personas mayores). El número de peldaños está determinado por el yakudoshi, o edad de mala suerte. Su mayor atractivo es su pagoda de 29 metros, llamada Yugito, con una forma que me recordó a un faro. Tras hacer los ritos y conseguir el sello, me ofrecí a hacer una foto a una pareja de peregrinos que después insistieron en que nos hiciéramos una foto los tres juntos.

Hondo del Templo 23.

Se dejan monedas en los laterales de las escaleras para evitar la mala suerte.

Ohenros contentos tras visitar el Templo 23.

Las tripas me sonaban y busqué en Google Maps restaurantes cercanos. Comí un monjayaki (similar al okonomiyaki, pero con masa menos densa) y me regalaron la bebida como osettai. Di una vuelta por la estación de tren y por la oficina de turismo, donde conseguí varios sellos para mi otra libreta, y fui a una farmacia que milagrosamente tenía un cable compatible con el de mi teléfono móvil, que estaba bastante destrozado.

Restaurante de monjayaki.

Oficina de turismo en la estación de Hiwasa.

Volví a Ichi the Hostel y tuve el tiempo justo para darme una ducha y poner una lavadora. Había pensado coger una de las bicicletas del alojamiento para ir a un onsen a las afueras del pueblo, pero la lluvia no acababa de desaparecer, así que deseché la idea. Mientras la ropa se lavaba hablé un poco con los otros huéspedes. Ninguno de ellos estaba haciendo la peregrinación, o al menos entera. Un chico había decidido hacer algunas de las etapas más destacadas Una señora mayor llevaba varios días en Hiwasa, con la intención de conocer un poco mejor el día a día de ese pueblo. Me contó que unos días atrás, en un pueblo cercano, se había celebrado una fiesta anual de la langosta y me enseñó fotos de la comida… qué envidia sana me dio.

Pequeño pub del dueño del hostel.

Esa noche tocaba dormir con más gente.

A las 18:30 fui a buscar a Weng-san y a su amigo el silencioso a su hostel, Sakura-ya. Mientras les esperaba, charlé en español con la dueña, Emi, que vivió un tiempo en Barcelona. Cuando bajaron mis compañeros taiwaneses, fuimos los tres juntos a cenar a Hiwasaya, un pequeño restaurante en el centro del pueblo. Fue una cena por todo lo alto: pollo awa odori, tofu, sashimi, shiitake, tamagoyaki, una buena botella de shochu… Entre plato y plato, compartimos historias del camino y Weng-san me habló sobre su antigua empresa. Los acompañé hasta su hostel y me despedí de ellos con un buen abrazo, iba a echar de menos encontrármelos por sorpresa en rincones inesperados…

Restaurante Hiwasaya.

Manjares acompañados de un buen shochu.

Mata kondo, tomodachi.

Caían algunas gotas de lluvia ya en la noche cerrada. A pesar de ello, me dirigí de nuevo al templo. Me crucé con dos huéspedes del hostel que regresaban justo de ahí y me ofrecieron su paraguas, que rechacé amablemente. El templo estaba vacío, ni un alma. Algunas luces iluminaron mis pasos hasta llegar de nuevo al Yugito, desde donde volví a ver el océano, ahora una masa oscura al fondo. Disfruté el silencio y la intimidad de la noche, y recé de nuevo.

Calle de Hiwasa por la noche.

Guardián Nio en la puerta del templo.

Yugito, el faro del Templo 23.

Había recorrido los primeros 8 días y visitado los primeros 23 templos de la peregrinación. En un par de días tendría que decir adiós a Tokushima y adentrarme en una nueva prefectura. Todavía no sabía lo duro que iba a ser, más de lo que había leído. Pero tras recorrer montañas por una semana, esa noche, en un pueblo japonés cerca del mar, me sentía feliz.


¡Hasta la próxima!

また!


INFORMACIÓN 

  • Fecha: 24 de octubre de 2024.
  • Etapa: Aratano (KM 133) - Hiwasa (KM 153).
  • Distancia: 31,09km. 
  • Templos: T23.
  • Alojamiento: Ichi the Hostel (reserva por página web).

Comentarios

  1. Que pasada pasar de la montaña al mar!!
    Me está encantando leerte. Es algo que dudo que yo pueda realizar (todo a pie) y por tanto me encanta vivirlo q través de tus palabras!

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  2. Muchas gracias por comentar siempre, Verónica. Para mí está siendo un regalo el poder vivirlo de nuevo a través de recuerdos y fotos. En unas semanas retomaré de nuevo, que ahora las obligaciones académicas están ocupando todo mi tiempo...

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